DEL MIEDO Y DEL TERROR

ELGRANMIEDOEn El gran miedo, James Harris, senior lecturer de Historia Moderna Europea en la Universidad de Leeds, se mete en uno de los avisperos de la historia del siglo pasado para tratar de dilucidar la lógica de la represión durante el estalinismo, una época dominada en la Unión Soviética por un “gran miedo” que, según la interpretación del autor, habría sido la causa del “gran terror”. Es decir, Harris explica por qué la revolución soviética, una vez ganada la guerra civil y con el país entero controlado, se convirtió en un interminable proceso judicial donde, incluso cuando la oposición dentro del propio Partido era ya por completo estéril -como también lo era un Trotksy aislado y sentenciado en México: algo así como el Aníbal de la propia revolución-, aparentemente resultaba bastante sencillo acabar en un campo de trabajo o ante un pelotón del NKVD.

Para Harris, ese “gran miedo”, cuyas razones habrían sido injustificadas en la mayoría de los casos –aunque quizá desdeñe algo gratuitamente algunos riesgos reales, como, por ejemplo, las conspiraciones de la Alemania nazi a partir de 1936-, se basaba en diversos factores que se dieron a lo largo de los años treinta. Entre otros, la amplia extensión de territorio que ocupaba la URSS, la presión por cumplir con las disparatadas previsiones de los planes quinquenales o las turbulentas divisiones del partido. Los órganos de seguridad, en una perfecta mezcla de incompetencia y paranoia, habrían sido los incitadores, sobre todo durante el periodo de Yezhov al frente del NKVD, de que los líderes soviéticos, temiendo que la revolución descarrilara, iniciasen la tormenta de las purgas en todo el país, desde la industria hasta el ejército. Stalin y sus colegas, sostiene Harris, confiaban plenamente en la infalibilidad de la maquinaria represiva que habían perfeccionado durante el comienzo la anterior década y estaban absolutamente convencidos de que la revolución corría peligro. A eso hay que sumar, según Harris, el tradicional y violento carácter de los líderes rusos para atajar los conflictos políticos –un país poco vertebrado, con fronteras difíciles de controlar-, una teoría ligeramente arbitraria, cuando no llena de prejuicios difíciles de demostrar.

Sin embargo, Harris deja muy claro que Stalin y los demás responsables del Partido, a diferencia de lo que han insinuado autores como Robert Conquest o Robert Service –o la tropa trotskista que casualmente siempre olvida la brutalidad de su líder durante la guerra civil rusa-, no eran una pandilla de perturbados y oportunistas que trataba de mantenerse en el poder a cualquier costa, sino que, confiando en la información que suministraban los órganos de seguridad, habría que hablar de un grupo de dirigentes que intentó construir sinceramente el socialismo, sin un interés personal, para lo cual no tuvo reparos, como aplicados y tenaces marxistas-leninistas, en emplear cualquier medio que fuera necesario para alcanzar el paraíso en la tierra. Harris no juega a hacer psicología de centro comercial con Stalin –esa tentación de tantos historiadores fascinados por los artificios de la ficción-, sino que explica cómo sus decisiones, por muy terribles que nos parezcan, fueron tomadas racionalmente. Todo lo contrario de esa imagen que lo presenta como un tarado estúpido e inculto deambulando sombríamente por los pasillos del Kremlin y que, dada su univocidad, es muy reconfortante, también para quienes durante años lo adoraron lacayunamente y después, a menudo no sin provecho, repudiaron en seguida su figura.

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De izquierda a derecha: Zhdánov, Stalin, Voroshílov, Kalinin y Mikoyán.

Harris reduce notablemente las cifras que se suelen dar por sentadas de los encarcelados o ejecutados desde el final de la guerra civil hasta la muerte de Stalin, usando, como antes hicieran Moshe Lewin o Arch Getty, las fuentes directas de los archivos soviéticos recopiladas por historiadores rusos contemporáneos. Ahora bien, la manada de creyentes que espere una absolución del estalinismo, al modo de los trabajos de Ludo Martens o Domenico Losurdo, quedará decepcionada: Harris da una explicación intelectual e históricamente verosímil, bien fundamentada documentalmente -por ejemplo, al citar las delaciones en la idustria-, de un régimen que, al tratar de ahormar a toda una sociedad para crear un hombre nuevo y además creerse más débil de lo que en verdad era, fue desmesurado y despiadado en sus métodos. Entre 1921 y 1953, sostiene Moshe Lewin a partir de los datos ofrecidos por B.P. Kurashvili y Viktor Zemskov, cuatro millones de ciudadanos soviéticos fueron condenados por delitos contrarrevolucionarios o especialmente peligrosos: más de dos millones acabaron en los campos de trabajo, cerca de cuatrocientos mil fueron desterrados y casi ochocientos mil fueron ejecutados, de los cuales más de seiscientos mil lo fueron precisamente entre 1937 y 1938. Asimismo, entre 1934 y 1947, aproximadamente un millón de prisioneros -incluyendo a los condenados por delitos comunes- murió en los campos de trabajo, según las mismas fuentes. Harris, pues, no exonera a los líderes soviéticos, que, aparte de esas cifras que ejemplifican su carácter implacablemente revolucionario, tampoco salen bien parados por su ineficacia –en buena medida provocada por su rígida ideología– a la hora de interpretar la realidad y tomar decisiones.

El libro de Harris abre un interesante debate sobre una compleja época histórica que ha estado sometida, por razones rara vez historiográficas, a falsificaciones, simplezas o caricaturizaciones, como, por poner un ejemplo entre un amplio catálogo, igualar sin más al nazismo con el comunismo. Esas distorsiones son las que alejan cualquier posibilidad de analizar rigurosamente un momento histórico, pues lo vacían de contenido real para así poder darle el que nos venga en gana. En un proceso de rentable catálisis ideológica, cuyo sentido último no ha sido sino confirmar una y otra vez ciertos sesgos -convencer a los ya convencidos, digamos-, todos esos equívocos han acabado por ser clichés que, por ejemplo, todavía hoy siguen incluidos, como no podía ser menos, en los manuales del buen tertuliano o columnista que aspire a trepar y de paso llamar un rato la atención sobre sí mismo. No se trata de condenar una vez más por los crímenes de Stalin y sus colegas -algo que Harris no niega: ellos fueron los principales responsables, pues eran quienes en verdad podían o no desatar el terror-, sino de comprender la historia sin la necesidad de proponer juicios a priori que, aunque a veces tiren del ventajoso hindsight, casi siempre son servidumbres, en un sentido u otro. Se trata de la verdad, que no es otra cosa que la narración de los hechos -por incompleta que pueda ser- y que es como siempre, al interpretarla, se debería contar y pensar la historia, pese a que no nos dé la razón. O al menos no del todo. Y El gran miedo es, al reflexionar sobre el caso concreto de la represión del estalinismo, un punto de partida.

 

 

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EL DUEÑO DE LA CASA DEL MISTERIO

 

 

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Jorge Martínez/Ilegal, sacando conclusiones mientras espía los juegos de los niños y observa a las hormigas.

El documental Mi vida entre las hormigas, codirigido por Chema Veiga y Juan Moya, repasa la trayectoria de Jorge Martínez, uno de los grandes guitarristas y compositores de la historia del rock español. Y lo mismo hace con la de Jorge Ilegal, ese personaje atrabilario, fácilmente confundible con un bufón o un sociópata, que ha sido protagonista de peleas, excesos y demás leyendas que van de lo siniestro a lo descacharrante y que durante más de tres décadas se han contado en bares, locales de ensayo o camerinos. La narración se estructura cronológicamente, casi siempre en torno a esa aparente doble personalidad de Jorge, pues es justo en su asumida condición de Jano donde, al igual que pasa con ciertos animales que, como las medusas, nos atraen y nos desagradan a la vez, probablemente se halle la explicación de la carrera de un huracán que lleva desde que era adolescente sobre los escenarios y que a sus envidiables sesenta años no da la sensación de que vaya a detenerse, al menos por decisión propia.

A lo largo de la película conocemos la vida del fundador y líder de Ilegales, un descendiente de la nobleza asturiana que, con un sentido del humor tan cargante como magnético, saboteó a velazo limpio su primera comunión, pasó por un feroz internado militar y cargó con un previsor stick de hockey durante las agitadas noches del Gijón de los años ochenta. Lo cierto es que, pese a esa conducta al borde de lo delictivo -en ocasiones delicitiva sin más-, las opiniones que Jorge deja caer sobre casi cualquier tema suelen ser por lo general mucho más sensatas y lúcidas de lo que parecen, aunque él pretenda que no sean demasiado tajantes. Tal vez porque, como dice Diego A. Manrique, al final siempre las empaña una desmesurada salida de tono que le sirve para coger distancia con el mundo.

Los testimonios de sus colegas ayudan a rellenar algunas sombras, siempre inofensivas, de lo que cuenta Jorge, aunque en general se echa en falta algo más de sentido crítico. Con todo, Igor Paskual, cuyas palabras quizá sean las más interesantes de todos los invitados, insinúa la existencia de algunas manchas en una imagen que suele ser favorable. Entre otras, la autocomplacencia musical de Jorge durante los noventa. Todos los invitados tratan de ayudar a enfocar la imagen de un personaje que, sin embargo, pese al meritorio esfuerzo de los autores, acaba escapándose del foco. No es raro: como ha pasado a lo largo de su vida, Jorge, cuya descarnada inteligencia queda bastante clara, se niega a dejarse atrapar. Al fin y al cabo, esa voluntaria doble personalidad, que en buena medida ha acabado por no ser tan voluntaria, ofrece unas cuantas ventajas, como la de ser un perfecto escondite para que nadie sepa nada sobre quién es en verdad Jorge. O mejor dicho: para que sólo se sepa lo que él quiere.

ALGUNAS ANÉCDOTAS

Aparte de las anécdotas de sus innumerables broncas –algunas de ellas parte de la intrahistoria del rock español, como las que tuvo con Los Stukas o Gabinete Caligari- o de sus todavía más innumerables provocaciones –como perseguir por los pasillos de un estudio de televisión a María Teresa Campos pene en mano-, Jorge se muestra, sobre todo cuando el personaje de Jorge Ilegal se esfuma y vuelve a ser por unos instantes Jorge Martínez, como un individuo ciertamente complejo, tan frágil como cualquiera de nosotros. Coleccionista de soldaditos de plomo y lector de los clásicos, se conmueve al hablar de la muerte de su padre, al desvelar el recuerdo diario de una novia que murió por culpa de la heroína y al detallar el impacto que le causó la reciente muerte de su bajista, Alejandro Espina. O se marca una hermosa reivindicación del poder de los deseos de la infancia, en la que se trasluce la nostalgia de un tiempo tal vez no perfecto pero sí más sencillo, recuperado, además de los soldaditos -cuyos moldes guarda en el friogorífico-, por sus estancias en la espectral casona familiar o por el mimo con el que trata a su espectacular colección de guitarras.

Es así como el Jorge majara, violento y asocial, siempre solo pero en el fondo, como pasa con todo exhibicionista, incapaz de estar solo –curiosamente hay unos cuantos paralelismos, también en su concepción de la música, con la imagen que se ofrece de Lemmy en el documental que dedicaron al líder de Mötorhead Greg Olliver y Wes Orshoski -, choca con ese otro Jorge sensible, melancólico y a veces hasta cálido. Y lo mismo sucede no por casualidad con su repertorio, donde la tosquedad de “Eres una puta” convive con la sutileza de “Todos somos traidores”.

PORTADA
El famoso stick de hockey. Y esa mirada.

MÚSICA Y GENERACIONES

En lo musical, las reglas de Ilegales quedan claras, ya sea por boca de Jorge o de los músicos que le han acompañado durante más de treinta años: canciones limpias, donde la base rítmica es fundamental, de modo que cualquier elemento debe estar obligatoriamente en su sitio, sin necesidad de trucos de trilero como subir el volumen de los amplificadores o aumentar el tempo. Ni siquiera en sus arrolladores directos hay trampas. Es revelador cuando Jorge, un guitarrista más que dotado, abomina de tocar a toda pastilla solos llenos de notas, un tópico decidido, según sus muy sabias palabras, por “una asamblea de soplapollas”. Igor Paskual desgrana unos cuantos elementos más de la fórmula de Ilegales, como dejar respirar a las canciones para que Jorge, cuya voz no es precisamente su mayor virtud, pueda cantarlas con una prosodia inconfundible. El resultado es un sonido nervioso y agresivo –sobre todo en sus tres primeros discos-, en el que se pueden encontrar influencias de todo tipo, algunas tan poco previsibles como el mambo o el ska. No hay duda: unas cuantas de las canciones de Ilegales son merecidamente historia del rock español, como “África Paga”, “Ella saltó por ventana” o “Destruye”.

En sus letras, quizá lo más punk de Ilegales, es fácil hallar un nihilismo esencialmente hedonista, en el que la broma pesada puede llegar a ser una necesidad ante la falta de sentido de lo que nos rodea. Esa mirada oscura se evidencia en los inolvidables versos -“la vida es basura / pero me gusta estar vivo”- de “Ángel exterminador”, un alegato antibelicista que, gracias a que cuenta y no juzga, se aleja de la comodidad del panfleto, al igual que sucede en canciones “sociales” tan memorables como “El norte está lleno de frío” o “Europa ha muerto”.

Sin embargo, aunque en el recuerdo colectivo hayan quedado sus letras más macarras, de chiste fácil para contar al final de una abrupta noche de farra, Jorge, además de un compositor que a menudo hace sencillo lo complicado, es uno de los mejores letristas del rock español, entre otras razones por esas contradicciones, ferozmente humanas, que también se dan en sus letras, donde temas como el suicidio, las drogas e incluso un costumbrismo bien medido -pero también el amor, sí- conforman, en esa indistinguible distinción que se da entre forma y fondo cuando una obra artística cumple con sus propósitos, un estilo más coherente y profundo de lo que, al igual pasa con su vida, se suele dar a entender.

En la actualidad, Jorge, que disfrutó de un rentable éxito a medidos de los años ochenta, ha logrado ser admirado por las nuevas generaciones del rock, que, pese a ser ya poco numerosas y andar en retirada, han encontrado en él a un modelo tanto en lo musical como en -digamos- lo moral. Durante más de treinta años ha hecho lo que le ha venido en gana, una actitud indomable que –aviso para navegantes- ha tenido su precio, pues también ha afectado a su carrera, en especial por el desinterés, justificado o no, de las discográficas. Y eso explica que, a diferencia de otros colegas generacionales, hoy Jorge toque con Triángulo de Amor Bizarro sin que esa transversalidad generacional chirríe y suene a oportunismo de anuncio de bancos.

Mi vida entre las hormigas es una buena introducción a la música de Ilegales, pero sobre todo, como se ha dicho, lo es a la personalidad de Jorge, ya sea en modo Ilegal o en modo Martínez. Y también lo es, aunque no lo pretenda, a un tiempo, el de los ochenta, que queda desmitificado por no pocos testimonios que rechazan esa imagen de alegría y superficialidad que comparten tanto Victoria Prego como Mario Vaquerizo. Incluso la arriesgada aventura de Jorge con Los Magníficos –que quizá, como dice alguien en la película, llegase algo tarde- queda adecuadamente contada en un documental entretenidísimo, cuyo valor es, en fin, aportar pistas para descifrar el indescifrable misterio Jorge, uno de los pocos personajes inolvidables –Silvio, Poch y un corto etcétera- que ha dado el rock español.

A QUEST

¿Cuál es, pues, el verdadero Jorge? La diferencia entre esas dos caras –Ilegal y Martínez- se antoja lo suficientemente atractiva, y más si cabe en alguien con una personalidad tan arrolladora –en lo bueno y en lo malo, ya que nuestras fortalezas son también nuestras debilidades-, como para que se erija en el verdadero tema del documental y permita que vaya más allá de una monótona y previsible sucesión de anécdotas o de actuaciones musicales. Sin quererlo, la película propone una implícita reflexión sobre las fronteras entre la verdad y la mentira a la hora de mostranos ante los demás, y también a la hora de observarlos y comprenderlos.

En otras palabras, el documental es un ejemplo de las limitaciones que asume toda narración que pretende describir lo más fielmente posible la realidad. Sólo en las ficciones, en los relatos -o sea, en los que están hábilmente manipulados-, es posible encontrar certezas a la hora de, por ejemplo, definir con precisión a un personaje, pues de una forma u otra, al ser una representación de lo real, cumplirá una función en esa naración ficticia. Cuanto más evidente sea esa función -cuando sea un cliché-, más lejos se hallará de la complejidad de la realidad y probablemente peor será el resultado, a no ser que sea un género muy marcado, que demande esa función, como, por ejemplo una sátira. Pero en cualquiera de los casos todo estará medido con mayor o peor destreza.

En la vida real, con sus imprecisiones y sus carencias, es imposible, por no decir ridículo, pretender alcanzar algo así de rotundo, como sabe hasta el peor de los juristas. Aunque los testimonios ofrecidos en esta película fuera millares y además fueran aún más detallados de lo que son, seguríamos donde estamos. Siempre quedará algo que no se podrá atrapar -el silencio de los muertos, por ejemplo-, como no se pueden atrapar esas contradicciones que tal vez nos definan mucho mejor que otros rasgos de carácter más definidos. Es decir, da igual la pregunta que nos hemos hecho, pues los dos Jorges son igualmente reales, porque es en esa contradicción irresoluble donde, como muestra Mi vida entre las hormigas, también y sobre todo se halla la realidad.

Esperemos que, ya sea como Jorge Ilegal o como Jorge Martínez, Jorge siga cerca de un amplificador durante muchos años más. Lo agradeceremos, especialmente en directo. Todo lo demás -para qué negarlo- tiene poca importancia.  No en vano, “saber vivir es ir hacia la muerte / alegre y despreocupado / como si fueses a la muerte de otro”.