Your Skin Shining Softly in the Moonlight

abril 27, 2007

El Francotirador Sentimental


Es Nuestra Única Riqueza

abril 25, 2007

Los Restos del Viejo Newark

Patrimonio, comenzado en 1988 y publicado tres años más tarde, es un libro escrito contra la muerte. En él Philip Roth asiste al humillante aniquilamiento de su padre, a la imparable degradación de su cuerpo y su dignidad por culpa de un tumor cerebral. No hay preguntas en su mirada, tampoco respuestas, sólo una queja constante e inútil. Para un materialista como él, Dios no existe, así que no hay consuelo posible en el final de la vida. La muerte aparece como una estafa inevitable, como una partida de póker con las cartas marcadas que, por si no fuera suficiente, se pone peor, con más pérdidas y menos probabilidades de ganar, según se acerca el final. De hecho el libro, traducido por Ramón Buenaventura, opta por la postura más honesta de todas, la única coherente, la que deja clara su sinceridad, su voluntad de dar testimonio: la narración siempre se focaliza en su autor y al mismo tiempo protagonista, sin entrar a valorar en momento alguno, pues habría resultado tan falso como nauseabundo, qué podía o no sentir su padre durante la enfermedad. Por eso desde el comienzo Roth trata de esquivar los juegos de la ficción, algo relevante en un autor que ha hecho de los límites entre aquella y la realidad uno de los pilares de su obra, y se empeña en ofrecer al lector sólo lo que él contempló -y sobre todo lo que pensó- durante los largos meses que duró el declive de su padre:

“Estar a solas también me permitía experimentar a fondo mis sentimientos, sin tener que parapetarme tras una apariencia de virilidad, de madurez o de filosofía. Así, cuando me apetecía llorar lloraba, y nunca me vinieron más ganas de hacerlo que en el momento de extraer del sobra las imágenes del cerebro de mi padre; y no porque supiera identificar fácilmente el tumor que lo invadía, sino sencillamente porque era su cerebro, el cerebro de mi padre, el que lo llevaba a pensar de modo franco y abierto en que pensaba, a hablar con la energía que hablaba, a tomar decisiones del modo impulsivo en que las tomaba.”

Ese abandono de lo ficticio, quizá nacido de la única forma posible de encarar el oficio de narrador, esto es, planteándose cada libro como un reto y no como parte de un plan de marketing literario, logra que Patrimonio evite desde sus primeras líneas caer en sentimentalismos de pega, en concesiones baratas cuyo objetivo es sólo engatusar al lector más despistado. En esos años Roth era ya un escritor maduro, consciente de sus técnicas –otra manera de llamar a las limitaciones- y del uso que por lo tanto podía darles a la hora de escribir algo así. Sabía lo que necesitaba una historia como esta. En este sentido resulta admirable cómo, sin variar su estilo habitual, sin abandonar ese interés por la construcción del relato mediante digresiones o por desarrollar una prosa que avanza con la solidez de un portaviones atravesando el océano, consigue describir con una sencillez asombrosa, plena de emoción, no sólo la progresiva y dolorosa desaparición de su padre sino algo mucho más importante: la relación que tenía con él. El libro cobra un valor que sobrepasa al del homenaje, pues Roth, en su empeño por escapar de la cursilería y profundizar en la realidad, no se dedica a celebrar línea tras línea la figura de su padre -algo que por lo demás hasta el más lerdo sería capaz de escribir- sino a intentar hacerla suya desde la lejanía del hijo, a observarla desde un pensamiento exprimido hasta el límite, a contar lo que en verdad está pasando: un ser humano a punto de morir. De ahí que, eludiendo el tono quejica, Roth no escatime a lo largo de Patrimonio sus dudas, sus desagrados con respecto a ciertas actitudes y comportamientos de su padre -un cascarrabias incansable-, e incluso expresando en voz alta, sin disimulos, todas esas pequeñas y mugrientas miserias que le asaltan a él mismo y que tal vez no son otra cosa que un trinchera para poder protegerse de la muerte:

“Pero, ahora que su muerte ya no era una posibilidad remota, ni mucho menos, oírle decir que había seguido adelante y que, apoyándose en mi propia petición, prácticamente me había eliminado de su herencia, había provocado en mí una reacción inesperada: me sentí repudiado, y el hecho de que mi eliminación del testamento fuera una decisión mía no contribuía en nada a suprimirme la sensación de haber sido apartado de su seno.”

Por todo ello Patrimonio es el libro que transforma para bien, para mejor, toda la posterior obra de ficción de Roth: la realidad penetra definitivamente en ella para quedarse. A partir de ese momento su literatura se elevará desde la anécdota privada hasta la anécdota humana, alcanzando una altura, ese vaivén entre la historia colectiva y la historia individual, a la que sólo los elegidos llegan. Puede que sus últimas novelas, en especial la trilogía americana, se encuentren más cerca, al menos en sus planteamientos, de primeras novelas suyas, como la jamesiana Letting Go, que de otras más cercanas, como la muy postmoderna The Counterlife, si bien tendremos que esperar a Exit Ghost –el anunciado final de Zuckermann: recordemos que los fantasmas no existen- para ver si abandona ese mundo metaliterario, por lo demás apasionante pero sin duda alguna más limitado, que ha definido la mitad de su trayectoria. Sin embargo sería un error pensar que Patrimonio es sólo una estación de tránsito entre un buen escritor y un escritor absoluto. Todo lo contrario. Patrimonio es un libro inmenso, realmente conmovedor, escrito sin piel, sin guiños para la afición, interesado tan sólo en lo esencial. Por ejemplo las partes en que el padre se caga encima y trata inútilmente de limpiarse la mierda, o en que Roth se despide por última vez de él, demuestran que nos hallamos ante algo más que una narración, de la misma forma que al terminar La muerte de Iván Ilich intuíamos que John Donne tenía razón:

“Le pedí al médico que me dejara solo con mi padre, o tan solo como pudiéramos quedarnos en el ajetreo de una sala de urgencias. Mientras lo miraba esforzarse en seguir viviendo, traté de concentrarme en los daños que el tumor ya le había hecho. No era difícil, porque ahí, en la camilla, era como si acabaran de traerlo de una pelea a cien asaltos con Joe Louis. Pensé en los padecimientos que aún le quedarían por pasar, suponiendo que la respiración asistida lograse mantenerlo vivo. Lo vi todo, pero seguí ahí sentado, durante muy largo rato, hasta que me incliné para acercarme a él cuando pude y, con los labios muy cerca de su hundido rostro en ruinas, alcancé finalmente a decirle:

-Voy a tener que dejar irte, papá.”

Bien, lo diremos: Patrimonio es la primera lección, al menos la primera llena de sabiduría, de un maestro de la literatura que desvela, sin lloriqueos y sin reproches, sabiendo que a la hora de la muerte ya no hay nada que exigir a un padre, cuáles fueron las virtudes y las flaquezas, los aciertos y los errores de un empleado judío de seguros, tenaz e intransigente, también cariñoso y atento, que pasó casi toda su vida en Newark. Contar en este libro, en apenas doscientas páginas, quién fue un tal Hermann Roth para su hijo pequeño y lo que sintió durante los últimos meses que compartió con él, asumiendo finalmente que su presencia jamás desaparecerá, es tal vez el mejor elogio posible hacia un hombre, quizá hacia todos los hombres. Al fin y al cabo, como sucede con el desgastado cuenco de barbero que en la familia Roth pasa de generación en generación, ese es nuestro único patrimonio:

“No hay que olvidar nada.”


God Bless You, Mr. Vonnegut

abril 12, 2007


Kurt Vonnegut (1922-2007)

All time is all time. It does not change. It does not lend itself to warnings or explanations. It simply is. Take it moment by moment, and you will find that we are all, as I’ve said before, bugs in amber.

&

I think that novels that leave out technology misrepresent life as badly as Victorians misrepresented life by leaving out sex.


La Rebelión de los Niños

febrero 28, 2007

Vale, la segunda mitad de los setenta no fue precisamente el mejor momento de la historia para ser joven en los Estados Unidos. La realidad era una putada, una estafa. Había que crecer manteniendo un interminable escarceo entre el tedio y el hastío, entre el desencanto y la frustración. La guerra de Vietnam había tenido un final de serie B, el presidente Nixon había contagiado de desconfianza a sus ciudadanos y la crisis del petróleo había reducido el horizonte a contemplarse cada mañana la puntera de las zapatillas. No había futuro, la prometida revolución era un recuerdo molesto, el sueño del verano del amor se pudría en un expediente cerrado del F.B.I. La heroína había machacado a los Panteras Negras, los hippies de la California de Reagan espabilaban al reconvertir sus comunas en centros de comida macrobiótica o rehabilitación espiritual y los colegas tarados de Patty Hearst ardían en el 1466 de la East 54th Street de Los Ángeles. La sangre de Sharon Tate en Cielo Drive había anunciado el final del recreo, también el cuerpo muerto de Meredith Hunter junto al escenario de Altamont. En 1970 cuatro estudiantes eran asesinados por la Guardia Nacional en una universidad de Ohio. Punto y final, guarros, otra vez será, íbamos en serio. Una vez comprobados los daños lo mejor no era mirar hacia delante sino hacia atrás, más atrás, esta vez sin ira alguna, era lo que tocaba, había que buscar un punto de referencia antes de que el barco se hundiera. Y sobre todo era lo más rentable. Empezaba el negocio de la nostalgia, esa forma amable, satisfecha, que suele tomar la derrota cuando se acepta definitivamente. En las pantallas de televisión un canijo Ron Howard recordaba aquellos felices cincuenta en los que habían languidecido de asco Burroughs o Salinger, David Carrandine recorría el llamado salvaje oeste soltando patadas tan místicas como ridículas y Michael Landon empezaba su particular cruzada levantando una casa en la pradera de la cursilería. Por lo tanto no debe sorprendernos que la década cinematográfica, en busca del buen rollo y del olvido consensuado, se inaugurase con la atroz Love Story (1970), o tampoco que el éxito de Verano del 42 (1971) fuera un mullido zoom sobre unos años supuestamente más sencillos. En las entradas de los cines se podría haber escrito: oh, entonces éramos tan felices. Pero no todo era bonito, la realidad siempre se impone, aunque tenga que colarse por las rendijas de las persianas. Al mismo tiempo que Lucas convertía la banalidad en un folletín intergaláctico, se estrenaban películas de aviones a punto de estrellarse con un puñado de actores en declive a bordo. Y El exorcista (1973) y Tiburón (1975) dejaban vislumbrar que en el fondo había algo sin nombre, una amenaza que seguía viva, reptando en la oscuridad. Los misiles soviéticos apuntaban al centro de Manhattan, la píldora muchas veces fallaba y la General Motors empezaba a recortar plantilla. Al fin y al cabo la década se cerró con otro remake de King Kong: los surrealistas ya habían intuido que cuando el mono escala el Empire State es que algo no va bien del todo. Evidentemente no habían conocido al entrañable Tony Manero. En todo caso se trataba de excepciones. La realidad podía tener el color de las bolsas de basura, pero la industria sabía que las conciencias no podían perder la esperanza: la ilusión siempre da beneficios. Así que la música se apuntaba al negocio y se convertía también en algo insoportable. Richard Hell lo tenía claro:

“La música se había abotargado. Sólo había supervivientes de los años setenta tocando en grandes estadios. La gente los trataba como si fueran gente muy importante y ellos actuaban como si lo fueran. No era rock & roll, era teatro. Todo eran luces y posturitas.”

Las grandes bandas como Led Zeppelin o Kiss recorrían el país en giras interminables, llevando a cada ciudad espectáculos pensados para que los padres y los hijos pudieran tomarse juntos una coca-cola. Las canciones duraban una media de siete minutos, daba tiempo de sobra para cortarse las venas y desangrarse antes de que terminara el solo de guitarra. El AOR había tomado a golpe de sobre las emisoras, por lo que poner la radio era como subirse en el ascensor de Macy´s. Los Stones habían desertado de la música en 1972 para convertirse en unos multimillonarios extravagantes. McCartney presentaba con los Wings su candidatura a diplodocus del rock mientras el Lennon más vago daba la brasa con la paz y lo mucho que amaba a Yoko. Las caderas de Elvis envejecían en Las Vegas al son de los acordes de “America, the beautiful” y un obeso Gene Vincent la palmaba en el hospital de New Hall sin que nadie lo recordase. La música no era excitante, no era peligrosa. Había perdido espontaneidad, ganas de pasarlo bien y de molestar. Digámoslo generosamente: era un coñazo, un muermo. De aquella decadencia escapaba la música negra: Funkadelic o The Staple Singers grababan entonces sus mejores canciones, pero fuera de las fronteras del gueto casi nadie les hacía caso. Sin embargo, como un rumor que cada vez es más intenso hasta que por fin en el horizonte se alcanza a ver la llegada de una plaga de langostas, en Nueva York algo se estaba moviendo desde finales de los sesenta, en Detroit unos delincuentes de instituto decidían que había llegado la hora de volver a subir los amplificadores de las guitarras y de convertir los conciertos en una juerga. Ni siquiera hacía falta saber tocar. La rebelión de los niños estaba empezando. El futuro les pertenecía. O eso es lo que se creyeron. David Johansen lo explica:

“ La gente que veía a los Dolls decía: “cualquiera puede hacer esto.” Creo que la contribución de los Dolls al punk-rock fue que demostramos que cualquiera podía hacerlo (…) Éramos básicamente unos chicos de Nueva York que escupíamos y nos tirábamos pedos en público, éramos maleducados y nos reíamos de todo. Lo que estábamos haciendo era evidente: devolver la música a la calle.”

Por favor, mátame, el libro de Legs McNeil y Gillian McCain, bien traducido por Ricard Gil y Antón López, es una exhaustiva recopilación de testimonios de los protagonistas, de los que eran punks antes de que existiera oficialmente el punk y de los que dejaron de ser punks cuando el punk ya empezaba a ser una etiqueta puesta por las discográficas. Los autores, uno de ellos también actor de aquellos años veloces, organizan la historia como si fuera el montaje de un documental televisivo: cada uno da su versión de lo que pasó. Aviso: nos da igual si lo que cuentan es cierto o no, preferimos la leyenda, como bien sabía Ford. La información que manejan McNeil y McCain, escogida a lo largo de cientos de entrevistas, es apabullante: su mérito es indudable, la narración es fluida, absorbente. Resulta difícil dejarla. El libro, pues, es tremendamente ameno y de vez en cuando un poco patético, algo así como el guión de unos imposibles Hetch y MacArthur del Bowery cuyos personajes trataran de suicidarse poco a poco mientras follan, se drogan y a veces –no muchas- componen canciones. Una hermosa sucesión de cadáveres de permiso. De hecho tal vez de lo que menos se habla en sus páginas es de música. Los autores dan más importancia a reflejar el ambiente, a las relaciones que mantenían aquellos jóvenes cabreados, al ímpetu desquiciado, por lo general bastante ridículo, que parecía guiar cada uno de sus actos: si no podían quemar las ciudades siempre les quedaba quemarse a sí mismos, el nihilismo como la última queja de una inocencia herida de muerte. Lo que nos importa es que de nuevo era rock, era una vez más el ritmo que asustaba a los mayores. Por eso casi todo cabía en un movimiento que tardó en definirse como tal, sólo había que demostrar cierta actitud y estar en el sitio adecuado en el instante adecuado. Simplemente se trataba de cambiar la vida, eran jóvenes, inocentes. Patti Smith resume bien esa necesidad, su deseo de ser piel roja:

“Ahora mismo llevo tanto tiempo en esta habitación de ciudad que ya no veo nada, y no me siento muy estimulada. Últimamente he hecho una buena limpieza dentro de mi cerebro. Mis ojos no ven nada a mi alrededor. He soñado mucho, he grabado los sueños y he intentado mirar dentro de ellos, pero no me preocupa. Estoy esperando el momento de coger un tren o un avión a algún lugar, y sé que me iré a toda leche, porque tengo que ver cosas nuevas. Creo que Rimbaud dijo que necesitaba nuevos escenarios y un nuevo ruido, y eso es lo que yo necesito.”

El libro se abre con la Velvet Underground, aquella banda de chicos cultos que cantaban a la heroína y a la tristeza que se oculta en todas las fiestas del mañana, y finaliza con la muerte de Johnny Thunders por sobredosis, en la habitación de un hotel de Nueva Orleans. Del amor enfermo de “Venus in furs” al romanticismo yonqui de “I´m so alone.” Entre medias aparecen, entre otros muchos, Morrison y sus seis vodkas con naranja para empezar la noche, los MC5 y su actuación en los disturbios de Detroit, los Stooges y su techo lleno de salpicaduras de sangre, los New York Dolls y sus vestidos estrafalarios, Bowie y sus insaciables ganas de follarse a cualquier ser que tuviera dos piernas, Richard Hell y su carácter indomable, Patti Smith y sus tetas insospechadamente grandes, los Ramones y sus peleas sobre el escenario. Incluso hacen acto de presencia los Sex Pistols –el mayor timo del rock y no obstante los creadores de uno de los mejores discos del punk-, con el pánfilo de Sid Vicious en el papel estelar. Se echan a faltar, tal vez por un inconfesado elitismo de los autores y porque se habrían necesitado varias vidas para recopilar toda la documentación, a las bandas de garaje del Medio Oeste y a los punks de Los Ángeles. Los escenarios de esta historia oral del punk son, por citar unos pocos, la Factory de Warhol, la Fun House de Detroit, alguna mansión de Los Ángeles, el Max´s Kansas City, el legendario y hoy ya desparecido CBGB. En definitiva: un filón para los mitómanos del rock. Las anécdotas, como era de esperar, no tienen desperdicio, aseguran un buen rato: Iggy Pop aprendiendo a tocar con un músico negro de blues, Patti Smith y Mapplethorpe quedándose a las puertas del Max´s Kansas City sólo para ver a la gente que entraba en él, Jayne County rompiendo la clavícula a Dick Manitoba, los Dead Boys corriéndose en el chile con carne que servían en el CBGB, Dee Dee Ramone pegándose con su robusta novia Connie, Bebe Buell bajando las braguetas de todos los músicos que estaban a su alcance, Tom Verlaine portándose como un pedante a evitar, los Heartbreaker buscando heroína en Londres. Jeff Magnum recuerda:

“Era una casa de locos. Había una bañera en la cocina y una copia fundida de “Wheels of fire”, de Cream, dentro del horno. Yo era de una buena zona y estaba pensando: “No puedo más.” A veces me levantaba y veía la puerta de la calle abierta de par en par porque Johnny Blitz no tenía llave, y la había reventado a patadas. El piso parecía Jonestown, para ir al lavabo había que ir sorteando los cuerpos tirados en el suelo.”

¿Y al final qué? Nada, no podía ser de otra manera. La realidad siguió siendo una mierda, el futuro continuó sin existir y Mike Oldfield logró hacerse todavía más rico. Las bandas de punk vendieron poquísimo, tanto como sus antecesores más inmediatos. Fue un fenómeno que se consumió rápidamente. Young lo describió a la perfección en “Rust never sleeps.” Las drogas, el sida, la cárcel, el fracaso. Pocos sobrevivieron con dignidad. La plaga se controló de nuevo. Esta vez ni siquiera hizo falta llamar al F.B.I. Pero sorprendentemente algo quedó. Blondie o los Talking Heads nacieron de aquella semilla, como también lo hicieron en Inglaterra New Order o The Smiths. En la bendita España la nómina fue amplia: entre las más interesantes es obligado destacar a 091, Derribos Arias o Ilegales. Y muchos años más tarde el éxito de Nirvana demostraría que el punk nunca se había ido. No fue su único legado. Esas bandas cuyos discos se encontraban a mediados de los ochenta en las cajas de saldo dejaron claro que hacer música estaba al alcance de todos. Puede que la explosión de la música electrónica durante los noventa sea su herencia más evidente: basta con un ordenador, eso es todo lo que se necesita para ser una estrella, de la habitación en casa de los padres al cielo de la MTV en apenas unas cuántas horas de insomnio. Además la escena independiente se dio cuenta de que para sobrevivir tenía que montárselo por sí misma, el sello Dischord quizá sea el ejemplo más notable. No es poco para un recuento de víctimas demasiado grande. Moraleja: que cada uno saque sus conclusiones. Richard Lloyd da su versión:

“Hay personas que toman un camino en busca de un cierto conocimiento y para conseguirlo deben afrontar grandes peligros con la posibilidad de provocarse daños a ellos mismos. Pero es ahí donde radica el secreto escondido, ¿sabes? (…) Es una sensación como… tal vez una bandada de pájaros esté volando en la dirección equivocada. (…) Fue una experiencia religiosa haber pasado por ello.”

Nos encontramos ante una entretenida crónica del último gran cambio que vivió la música popular. Por lo poco que cuesta casi nada ofrece tanta diversión, al menos legalmente. El libro de McNeill y McCain, repleto de fotos, se ha convertido en un referente de la bibliografía del rock, a la altura de, por citar dos obras indispensables, Sweet soul music (1986), escrito por Peter Guralnick, o The true adventures of The Rolling Stones (1984), por Stanley Booth. Para los que no sepan nada de todo aquello y tengan interés, el documental End of the century (2003), dirigido por Jim Fields y Michael Gramaglia y dedicado a los Ramones, puede ser un perfecto complemento audiovisual, además de, cómo no, los discos de la época, algunos de ellos convertidos ya en clásicos, por paradójico –o parajódico, como diría Cabrera Infante- que suene. Los más listos de la clase tampoco deberían perderse Rastros de carmín (1989), de Greil Marcus, donde descubrimos, no sin unas cuántas dosis de indulgencia, que Johnny Rotten y Hugo Ball venían a ser casi la misma persona. En fin. Puede que a estas alturas del cuento todos estos chicos furiosos nos resulten unos majaderos, pero hay algo encantador y brillante en cada uno ellos, en su narcisismo y su candor, en el ansia inagotable de infinito que parece guiar sus actos. Como ocurre con algunos de los personajes de MacLaren-Ross, es imposible no quererlos un poco, no sentirse cautivado al contemplarlos, aunque en el fondo deseemos tenerlos lejos, más que nada para evitar que nos sableen o nos den el coñazo. Quizá todo se reduzca a que nos hemos vuelto más cínicos. O peor: sencillamente hemos crecido, hemos envejecido. ¿Elegimos la parte equivocada de la canción de Young?


Sleepe

febrero 24, 2007

Sonnet IX

Sleepe, Silence Child, sweet Father of Soft Rest,
Prince whose Approach Peace to all Mortalls brings,
Indifferent Host to Shepheards and to Kings,
Sole Comforter of Minds with Griefe opprest.
Lo, by thy charming Rod all breathing things
Lie slumbring, with forgertfulnesse possets,
And yet o’er me to spred thy drowsie Wings
Thou spares (alas) who cannot be thy Guest.
Since I am thine, O come, but with that Face
To inward Light which thou art wont to show,
With fained Solace ease a true felt Woe,
Or if God thou doe denie that Grace,
Come as thou wilt, and what thou wilt bequeath,
I long to kisse the Image of my Death.

 

William Drummond. Poems.


La Sobriedad del Apicultor

enero 30, 2007

Hay autores que asumen desde el primer momento cuál va a ser el mundo en el que se va a desenvolver su obra. Es difícil que a partir de entonces se salgan de él, se sienten cómodos, han dado con una veta, quizá son conscientes de que una vez que se acota el terreno y se plantan los instrumentos de medición sólo hay que ir excavando pacientemente para ahondar cada vez más en el misterio: no tienen prisa. Es lo que le ocurre a James Salter. Su narrativa, reducida a unos pocos libros cuya lectura ocuparía a lo sumo un par de días, apenas ha cambiado desde su primera novela, la excepcional y hermosa Pilotos de caza (1956). Su estilo, milimétrico y ajustado, de una precisa meticulosidad, se ha centrado en unos personajes rotos, indefensos, presos de una memoria que no los deja avanzar por el mundo y en la que se acaban refugiando para hallar algún destello de luz, de la claridad del pasado, de aquello que les hizo ser lo que son hoy: los herederos de un ausencia. Para ellos el presente es por lo general un país extranjero en el que viven desorientados, sin conocer el idioma o las costumbres, han acertado y se han equivocado, han hecho daño y han sido heridos. Y todos, esto es lo más importante, han tenido sus razones, sus motivos, como en las películas de Renoir. No hay héroes, tampoco villanos. En su más reciente libro de cuentos, La última noche, con traducción de Luis Murillo Font, Salter, deudor de James o Hemingway, ofrece alguno de los mejores relatos de la narrativa estadounidense actual. Sin ir más lejos el que da título al volumen es una obra maestra, rematada gracias a dos revelaciones que encajan en el relato con la suavidad de una media de nylon, una pieza indudablemente destinada a las antologías, a que los estudiosos de la literatura dejen de hacer el vago y se ganen el sueldo. La economía de medios que demuestra en unas pocas páginas sólo está al alcance de los grandes, de aquellos que han alcanzado un clasicismo absoluto. La eutanasia sirve a Salter, alejado de la babosería de hipermercado de Amenábar o de la escueta desolación de Eastwood, para contar cómo el fracaso y la traición son a veces lo mismo y cómo la crueldad puede convivir junto a la ternura. Todo eso mientras la muerte se pasea cerca, siempre demasiado cerca: es la vida, idiotas, parece estar gritando en cada línea. Salter no se compadece de sus personajes, no es de esos escritores que aseguran amarlos para no tener que confesar que sobre todo se aman a sí mismos. Simplemente hace lo más difícil: intentar comprenderlos. Por suerte para nuestros cerebros no trata de encontrar alguna parida psicológica -freudiana, a ser posible- que nos deje contentos, sabe que no hay explicaciones sencillas, no hay manuales que expliquen paso a paso por qué nos comportamos cómo nos comportamos y por qué un día cualquiera acabamos tomando las decisiones que tomamos:

“Se vieron dos o tres veces con posterioridad, pero no sirvió de nada. Lo que sea que une a las personas había desaparecido. Ella le dijo que no podía evitarlo. Que las cosas eran así.”

En el relato que abre el libro, titulado “Cometa”, una pareja ve cómo su relación salta por los aires durante una cena con amigos. Basta un comentario sobre algo que los demás no sabían, una simple frase -colmada de veneno- que abre una puerta para contemplar la oscuridad de ese sótano donde se guarda aquello que no queremos contar porque nos pertenece, porque a nadie más le importa. Es la ruptura de un pacto implícito cuyas consecuencias son imprevisibles. La situación, por otro lado típicamente cheeveriana, es presentada por Salter a través del punto de vista de ambos personajes, alternándolos a lo largo de la narración: un recurso técnico relativamente sencillo en el que sin embargo es fácil desequilibrar la balanza a favor de uno u otro personaje, de cobrar afectos que casi siempre acaban convirtiendo la trama en una justificación. Salter calibra las herramientas sabiamente, y a partir de una anécdota narra todo el desencanto vital de dos personas que quizá han acabado juntas para no quedarse solas, alimentando en su interior, en ese lugar que Larkin definió como “Monkey-brown, fish-grey, a string of infected circles / loitering like bullies, about to coagulate”, el recuerdo de la ocasiones perdidas, el rencor de los deseos insatisfechos. La pareja no es la que falla, la relación no puede ser otra, a esas alturas no es posible, las opciones se han consumido y ha quedado la amargura. Son ellos, cada uno por su lado, encerrados en sus respectivos pasados, los que han sido incapaces de superar un tiempo que no los abandona:

“Cuando él se durmió, ella vio una película. Las estrellas de cine también envejecían, también tenían problemas con el amor. Pero era diferente: ya habían obtenido grandes recompensas. Siguió mirando, pensativa. Pensó en lo que había sido, en lo que había tenido. Podría haber sido una estrella. Qué sabía Phil: estaba dormido.”

El resto de los cuentos sigue por esa línea, por lo general con acierto. Desde esa chica que, en “Cuánta diversión”, contempla a sus amigas hablar de aquello que parece intrascendente o estúpido -hasta que está a punto de desaparecer- mientras sabe que su propio futuro ya es sólo uno, tal vez un taxi que recorre la noche anónima de una ciudad. O ese hombre que debe renunciar al amor para salvaguardar la hipocresía familiar y que debe traicionarse para al mismo tiempo permitir una traición consensuada, en “Platino”. O esa mujer que, en “Los ojos de las estrellas”, debe quedarse en casa una noche para que una actriz intente en vano retrasar su envejecimiento, su declive, para no convertirse también en aquella otra mujer que al final no irá a cenar y que, en su apartamento, sólo tendrá el consuelo del recuerdo:

“Sus años de casada, visto desde el presente, habían sido buenos. Myron Hirsch le había dejado dinero más que suficiente para arreglárselas, y el éxito que había cosechado después había sido como la guinda del pastel. Para ser una mujer con poco talento, -¿era verdad eso?; tal vez estaba siendo demasiado crítica consigo misma- las cosas le habían ido bastante bien. Estaba acordándose de cómo empezó todo. Recordó las botellas de cerveza rodando por el suelo de la parte trasera del coche cuando tenía quince años y él le hacía el amor todas las mañanas y ella no sabía si estaba iniciando la vida o tirándola por la ventana, pero lo amaba y nunca olvidaría.”

A Salter, un sobrio maestro de las técnicas de su profesión y un perfecto ejemplo de que el exhibicionismo en literatura suele ser el más pobre de los recursos, le bastan unos detalles, como unos pendientes o un perro, para contar todo el desencanto de una vida, siguiendo esa máxima no escrita de Chejov que adoptarían Yates o Carver. A veces un objeto cambia todo el sentido del cuento, lo enriquece, consigue que el mecanismo fluya, dotándolo de una nueva y profunda mirada. Y lo hace sin ruido, como si sólo pudiera ser expresado así. Por ejemplo la revelación de que el amor llega siempre tarde, a destiempo, cuando la felicidad es solamente el recuerdo de una playa y unas piernas bonitas, cuando un hombre, en “Palm Court”:

“Salió por el mismo vestíbulo de siempre, con su mosaico gastado y la gente entrando. Aún era de día, la luz plena y pura que precede al crepúsculo, al sol reflejado en un millar de ventanas orientadas al parque. Caminando por la calle con tacones altos, solas o en grupo, había chicas como las que Noreen había sido, en gran número. Ellas seguramente no iban a quedar un día para almorzar. Pensó en el amor que había llenado la gran habitación de su vida y en que no volvería a conocer a nadie como ella. No supo qué lo embargaba, pero en medio de la calle se echó a llorar.”

Con este libro Salter, por si quedaba alguna duda, se pone a la altura de los mejores narradores estadounidenses contemporáneos, como Pynchon, Roth o DeLillo. Su obra es de un tono aparentemente menor, menos estridente, pero quizá de todos ellos sea el que más lejos ha llegado. Su concisión narrativa está emparentada con la poesía. Esa desnudez de la prosa, esa constancia en prescindir de lo superfluo que ha demostrado durante toda su carrera, es también un triunfo del estilo. Al acabar de leer estos cuentos nos convencemos de que sólo podrían haber sido escritos de esta manera. No pasa muchas veces. Su testigo lo han recogido escritores como Haslett o Homes, entre otros, cada uno a su manera, con diferente suerte. Se trata de una forma de narrar perfectamente norteamericana, y no faltará quien siga por la brecha que él ha ayudado a profundizar, como el apicultor que ha dedicado toda su vida a cuidar de su colmena, a perfeccionar su oficio hasta quedar satisfecho, hasta reconocer el comportamiento de sus abejas para sacar lo mejor de ellas. Debemos estarle agradecidos por dejarnos contemplar su trabajo, por permitir que nos asomemos a una obra cuyo alcance es universal, extraordinario.


Goodbye, Mr. Dynamite

diciembre 25, 2006

James Brown nos engañó. Nunca creímos que los huracanes pudieran morir. Sus directos, especialmente los que grabó en el hoy decrépito Apollo durante 1963 y 1968, dejaban claro que el hombre más trabajador de la industria del espectáculo era capaz de subirse a un escenario y follarse a todo el público en apenas una hora. Sexo sucio, desgarrador: sábado noche con sabor a whisky barato y el asiento trasero de un Fairlane como el centro del universo. Una cuestión de orgullo, también de supervivencia. Al fin y al cabo pocos artistas hicieron tanto por incrementar la natalidad de la población como él. A su lado Mick Jagger, tan inocente, parecía Sor Ye-ye.

El padrino del soul era negro, era excitante y era peligroso. Un mal novio para las hijas. Además tenía un talento musical inmenso. Empezó transformando el gospel en un grito y terminó descubriendo que el ritmo lo era todo. La música tenía que ser una máquina perfectamente engrasada, una ametralladora que no diera respiro al enemigo. La intensidad, el baile, el frenesí, de eso se trataba: volver a África y sentirse orgulloso. Ahí estaba el truco. Sólo él sabía cómo conseguirlo, sólo él sabía chillar así. Se rodeó de músicos superdotados como Pee Wee Ellis, Maceo Parker o Catfish Collins y convirtió sus directos en experiencias irrepetibles, en peleas cuyo vencedor sólo podía ser uno. La palabra era respeto.

Desde los lamentos nocturnos de “Try me” hasta la nerviosa descarga de “Sex Machine” el señor dinamita estableció las bases de la música negra contemporánea: el funk y el hip-hop no habrían sido los mismos sin su magisterio. Y sobre todo habrían sido bastante más aburridos. Incluso el rock tiene cuentas pendientes con él. Que les pregunten a Iggy Pop o Jon Spencer.

Su carrera fue perdiendo fuerza durante los ochenta, aunque a veces se descandenara de nuevo el huracán, como el tremendo concierto que ofreció en Studio 54. Pese a que el cine volvió a concederle un rato de popularidad, pese a que las nuevas generaciones lo samplearon una y otra vez, su tiempo había pasado. Un nombre para dar lustre a festivales de música que echaban mano de la nostalgia, una leyenda cada vez más lejana, más apagada.

Sus últimos años fueron un desfile de extravagantes problemas con la justicia. Los medios sólo se acordaban de él para sacarlo en las noticias de sucesos. Pero continuaba cantando, era su trabajo, no sabía hacer otra cosa. Sus actuaciones resultaban tan correctas como adocenadas. Se movía como un acorazado de bolsillo y su voz había adelgazado. Daba igual. Todavía confiaba en su desmesura, en su voluntad, en una banda de músicos preparada para no fallarle. No pensaba cambiar. Se resistía, llevaba la cabeza bien alta. Sigue así, nena, I feel fine, like sugar and spice.

No es raro que llegasemos a la conclusión de que era imposible silenciarlo, nada podía con él. Y por un instante casi nos lo tragamos. Habíamos olvidado que un día también los huracanes callan: es así como mueren.


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