Your Skin Shining Softly in the Moonlight

Abril 27, 2007

La Rebelión de los Niños

Febrero 28, 2007

Vale, la segunda mitad de los setenta no fue precisamente el mejor momento de la historia para ser joven en los Estados Unidos. La realidad era una putada, una estafa. Había que crecer manteniendo un interminable escarceo entre el tedio y el hastío, entre el desencanto y la frustración. La guerra de Vietnam había tenido un final de serie B, el presidente Nixon había contagiado de desconfianza a sus ciudadanos y la crisis del petróleo había reducido el horizonte a contemplarse cada mañana la puntera de las zapatillas. No había futuro, la prometida revolución era un recuerdo molesto, el sueño del verano del amor se pudría en un expediente cerrado del F.B.I. La heroína había machacado a los Panteras Negras, los hippies de la California de Reagan espabilaban al reconvertir sus comunas en centros de comida macrobiótica o rehabilitación espiritual y los colegas tarados de Patty Hearst ardían en el 1466 de la East 54th Street de Los Ángeles. La sangre de Sharon Tate en Cielo Drive había anunciado el final del recreo, también el cuerpo muerto de Meredith Hunter junto al escenario de Altamont. En 1970 cuatro estudiantes eran asesinados por la Guardia Nacional en una universidad de Ohio. Punto y final, guarros, otra vez será, íbamos en serio. Una vez comprobados los daños lo mejor no era mirar hacia delante sino hacia atrás, más atrás, esta vez sin ira alguna, era lo que tocaba, había que buscar un punto de referencia antes de que el barco se hundiera. Y sobre todo era lo más rentable. Empezaba el negocio de la nostalgia, esa forma amable, satisfecha, que suele tomar la derrota cuando se acepta definitivamente. En las pantallas de televisión un canijo Ron Howard recordaba aquellos felices cincuenta en los que habían languidecido de asco Burroughs o Salinger, David Carrandine recorría el llamado salvaje oeste soltando patadas tan místicas como ridículas y Michael Landon empezaba su particular cruzada levantando una casa en la pradera de la cursilería. Por lo tanto no debe sorprendernos que la década cinematográfica, en busca del buen rollo y del olvido consensuado, se inaugurase con la atroz Love Story (1970), o tampoco que el éxito de Verano del 42 (1971) fuera un mullido zoom sobre unos años supuestamente más sencillos. En las entradas de los cines se podría haber escrito: oh, entonces éramos tan felices. Pero no todo era bonito, la realidad siempre se impone, aunque tenga que colarse por las rendijas de las persianas. Al mismo tiempo que Lucas convertía la banalidad en un folletín intergaláctico, se estrenaban películas de aviones a punto de estrellarse con un puñado de actores en declive a bordo. Y El exorcista (1973) y Tiburón (1975) dejaban vislumbrar que en el fondo había algo sin nombre, una amenaza que seguía viva, reptando en la oscuridad. Los misiles soviéticos apuntaban al centro de Manhattan, la píldora muchas veces fallaba y la General Motors empezaba a recortar plantilla. Al fin y al cabo la década se cerró con otro remake de King Kong: los surrealistas ya habían intuido que cuando el mono escala el Empire State es que algo no va bien del todo. Evidentemente no habían conocido al entrañable Tony Manero. En todo caso se trataba de excepciones. La realidad podía tener el color de las bolsas de basura, pero la industria sabía que las conciencias no podían perder la esperanza: la ilusión siempre da beneficios. Así que la música se apuntaba al negocio y se convertía también en algo insoportable. Richard Hell lo tenía claro:

“La música se había abotargado. Sólo había supervivientes de los años setenta tocando en grandes estadios. La gente los trataba como si fueran gente muy importante y ellos actuaban como si lo fueran. No era rock & roll, era teatro. Todo eran luces y posturitas.”

Las grandes bandas como Led Zeppelin o Kiss recorrían el país en giras interminables, llevando a cada ciudad espectáculos pensados para que los padres y los hijos pudieran tomarse juntos una coca-cola. Las canciones duraban una media de siete minutos, daba tiempo de sobra para cortarse las venas y desangrarse antes de que terminara el solo de guitarra. El AOR había tomado a golpe de sobre las emisoras, por lo que poner la radio era como subirse en el ascensor de Macy´s. Los Stones habían desertado de la música en 1972 para convertirse en unos multimillonarios extravagantes. McCartney presentaba con los Wings su candidatura a diplodocus del rock mientras el Lennon más vago daba la brasa con la paz y lo mucho que amaba a Yoko. Las caderas de Elvis envejecían en Las Vegas al son de los acordes de “America, the beautiful” y un obeso Gene Vincent la palmaba en el hospital de New Hall sin que nadie lo recordase. La música no era excitante, no era peligrosa. Había perdido espontaneidad, ganas de pasarlo bien y de molestar. Digámoslo generosamente: era un coñazo, un muermo. De aquella decadencia escapaba la música negra: Funkadelic o The Staple Singers grababan entonces sus mejores canciones, pero fuera de las fronteras del gueto casi nadie les hacía caso. Sin embargo, como un rumor que cada vez es más intenso hasta que por fin en el horizonte se alcanza a ver la llegada de una plaga de langostas, en Nueva York algo se estaba moviendo desde finales de los sesenta, en Detroit unos delincuentes de instituto decidían que había llegado la hora de volver a subir los amplificadores de las guitarras y de convertir los conciertos en una juerga. Ni siquiera hacía falta saber tocar. La rebelión de los niños estaba empezando. El futuro les pertenecía. O eso es lo que se creyeron. David Johansen lo explica:

“ La gente que veía a los Dolls decía: “cualquiera puede hacer esto.” Creo que la contribución de los Dolls al punk-rock fue que demostramos que cualquiera podía hacerlo (…) Éramos básicamente unos chicos de Nueva York que escupíamos y nos tirábamos pedos en público, éramos maleducados y nos reíamos de todo. Lo que estábamos haciendo era evidente: devolver la música a la calle.”

Por favor, mátame, el libro de Legs McNeil y Gillian McCain, bien traducido por Ricard Gil y Antón López, es una exhaustiva recopilación de testimonios de los protagonistas, de los que eran punks antes de que existiera oficialmente el punk y de los que dejaron de ser punks cuando el punk ya empezaba a ser una etiqueta puesta por las discográficas. Los autores, uno de ellos también actor de aquellos años veloces, organizan la historia como si fuera el montaje de un documental televisivo: cada uno da su versión de lo que pasó. Aviso: nos da igual si lo que cuentan es cierto o no, preferimos la leyenda, como bien sabía Ford. La información que manejan McNeil y McCain, escogida a lo largo de cientos de entrevistas, es apabullante: su mérito es indudable, la narración es fluida, absorbente. Resulta difícil dejarla. El libro, pues, es tremendamente ameno y de vez en cuando un poco patético, algo así como el guión de unos imposibles Hetch y MacArthur del Bowery cuyos personajes trataran de suicidarse poco a poco mientras follan, se drogan y a veces –no muchas- componen canciones. Una hermosa sucesión de cadáveres de permiso. De hecho tal vez de lo que menos se habla en sus páginas es de música. Los autores dan más importancia a reflejar el ambiente, a las relaciones que mantenían aquellos jóvenes cabreados, al ímpetu desquiciado, por lo general bastante ridículo, que parecía guiar cada uno de sus actos: si no podían quemar las ciudades siempre les quedaba quemarse a sí mismos, el nihilismo como la última queja de una inocencia herida de muerte. Lo que nos importa es que de nuevo era rock, era una vez más el ritmo que asustaba a los mayores. Por eso casi todo cabía en un movimiento que tardó en definirse como tal, sólo había que demostrar cierta actitud y estar en el sitio adecuado en el instante adecuado. Simplemente se trataba de cambiar la vida, eran jóvenes, inocentes. Patti Smith resume bien esa necesidad, su deseo de ser piel roja:

“Ahora mismo llevo tanto tiempo en esta habitación de ciudad que ya no veo nada, y no me siento muy estimulada. Últimamente he hecho una buena limpieza dentro de mi cerebro. Mis ojos no ven nada a mi alrededor. He soñado mucho, he grabado los sueños y he intentado mirar dentro de ellos, pero no me preocupa. Estoy esperando el momento de coger un tren o un avión a algún lugar, y sé que me iré a toda leche, porque tengo que ver cosas nuevas. Creo que Rimbaud dijo que necesitaba nuevos escenarios y un nuevo ruido, y eso es lo que yo necesito.”

El libro se abre con la Velvet Underground, aquella banda de chicos cultos que cantaban a la heroína y a la tristeza que se oculta en todas las fiestas del mañana, y finaliza con la muerte de Johnny Thunders por sobredosis, en la habitación de un hotel de Nueva Orleans. Del amor enfermo de “Venus in furs” al romanticismo yonqui de “I´m so alone.” Entre medias aparecen, entre otros muchos, Morrison y sus seis vodkas con naranja para empezar la noche, los MC5 y su actuación en los disturbios de Detroit, los Stooges y su techo lleno de salpicaduras de sangre, los New York Dolls y sus vestidos estrafalarios, Bowie y sus insaciables ganas de follarse a cualquier ser que tuviera dos piernas, Richard Hell y su carácter indomable, Patti Smith y sus tetas insospechadamente grandes, los Ramones y sus peleas sobre el escenario. Incluso hacen acto de presencia los Sex Pistols –el mayor timo del rock y no obstante los creadores de uno de los mejores discos del punk-, con el pánfilo de Sid Vicious en el papel estelar. Se echan a faltar, tal vez por un inconfesado elitismo de los autores y porque se habrían necesitado varias vidas para recopilar toda la documentación, a las bandas de garaje del Medio Oeste y a los punks de Los Ángeles. Los escenarios de esta historia oral del punk son, por citar unos pocos, la Factory de Warhol, la Fun House de Detroit, alguna mansión de Los Ángeles, el Max´s Kansas City, el legendario y hoy ya desparecido CBGB. En definitiva: un filón para los mitómanos del rock. Las anécdotas, como era de esperar, no tienen desperdicio, aseguran un buen rato: Iggy Pop aprendiendo a tocar con un músico negro de blues, Patti Smith y Mapplethorpe quedándose a las puertas del Max´s Kansas City sólo para ver a la gente que entraba en él, Jayne County rompiendo la clavícula a Dick Manitoba, los Dead Boys corriéndose en el chile con carne que servían en el CBGB, Dee Dee Ramone pegándose con su robusta novia Connie, Bebe Buell bajando las braguetas de todos los músicos que estaban a su alcance, Tom Verlaine portándose como un pedante a evitar, los Heartbreaker buscando heroína en Londres. Jeff Magnum recuerda:

“Era una casa de locos. Había una bañera en la cocina y una copia fundida de “Wheels of fire”, de Cream, dentro del horno. Yo era de una buena zona y estaba pensando: “No puedo más.” A veces me levantaba y veía la puerta de la calle abierta de par en par porque Johnny Blitz no tenía llave, y la había reventado a patadas. El piso parecía Jonestown, para ir al lavabo había que ir sorteando los cuerpos tirados en el suelo.”

¿Y al final qué? Nada, no podía ser de otra manera. La realidad siguió siendo una mierda, el futuro continuó sin existir y Mike Oldfield logró hacerse todavía más rico. Las bandas de punk vendieron poquísimo, tanto como sus antecesores más inmediatos. Fue un fenómeno que se consumió rápidamente. Young lo describió a la perfección en “Rust never sleeps.” Las drogas, el sida, la cárcel, el fracaso. Pocos sobrevivieron con dignidad. La plaga se controló de nuevo. Esta vez ni siquiera hizo falta llamar al F.B.I. Pero sorprendentemente algo quedó. Blondie o los Talking Heads nacieron de aquella semilla, como también lo hicieron en Inglaterra New Order o The Smiths. En la bendita España la nómina fue amplia: entre las más interesantes es obligado destacar a 091, Derribos Arias o Ilegales. Y muchos años más tarde el éxito de Nirvana demostraría que el punk nunca se había ido. No fue su único legado. Esas bandas cuyos discos se encontraban a mediados de los ochenta en las cajas de saldo dejaron claro que hacer música estaba al alcance de todos. Puede que la explosión de la música electrónica durante los noventa sea su herencia más evidente: basta con un ordenador, eso es todo lo que se necesita para ser una estrella, de la habitación en casa de los padres al cielo de la MTV en apenas unas cuántas horas de insomnio. Además la escena independiente se dio cuenta de que para sobrevivir tenía que montárselo por sí misma, el sello Dischord quizá sea el ejemplo más notable. No es poco para un recuento de víctimas demasiado grande. Moraleja: que cada uno saque sus conclusiones. Richard Lloyd da su versión:

“Hay personas que toman un camino en busca de un cierto conocimiento y para conseguirlo deben afrontar grandes peligros con la posibilidad de provocarse daños a ellos mismos. Pero es ahí donde radica el secreto escondido, ¿sabes? (…) Es una sensación como… tal vez una bandada de pájaros esté volando en la dirección equivocada. (…) Fue una experiencia religiosa haber pasado por ello.”

Nos encontramos ante una entretenida crónica del último gran cambio que vivió la música popular. Por lo poco que cuesta casi nada ofrece tanta diversión, al menos legalmente. El libro de McNeill y McCain, repleto de fotos, se ha convertido en un referente de la bibliografía del rock, a la altura de, por citar dos obras indispensables, Sweet soul music (1986), escrito por Peter Guralnick, o The true adventures of The Rolling Stones (1984), por Stanley Booth. Para los que no sepan nada de todo aquello y tengan interés, el documental End of the century (2003), dirigido por Jim Fields y Michael Gramaglia y dedicado a los Ramones, puede ser un perfecto complemento audiovisual, además de, cómo no, los discos de la época, algunos de ellos convertidos ya en clásicos, por paradójico –o parajódico, como diría Cabrera Infante- que suene. Los más listos de la clase tampoco deberían perderse Rastros de carmín (1989), de Greil Marcus, donde descubrimos, no sin unas cuántas dosis de indulgencia, que Johnny Rotten y Hugo Ball venían a ser casi la misma persona. En fin. Puede que a estas alturas del cuento todos estos chicos furiosos nos resulten unos majaderos, pero hay algo encantador y brillante en cada uno ellos, en su narcisismo y su candor, en el ansia inagotable de infinito que parece guiar sus actos. Como ocurre con algunos de los personajes de MacLaren-Ross, es imposible no quererlos un poco, no sentirse cautivado al contemplarlos, aunque en el fondo deseemos tenerlos lejos, más que nada para evitar que nos sableen o nos den el coñazo. Quizá todo se reduzca a que nos hemos vuelto más cínicos. O peor: sencillamente hemos crecido, hemos envejecido. ¿Elegimos la parte equivocada de la canción de Young?


Goodbye, Mr. Dynamite

Diciembre 25, 2006

James Brown nos engañó. Nunca creímos que los huracanes pudieran morir. Sus directos, especialmente los que grabó en el hoy decrépito Apollo durante 1963 y 1968, dejaban claro que el hombre más trabajador de la industria del espectáculo era capaz de subirse a un escenario y follarse a todo el público en apenas una hora. Sexo sucio, desgarrador: sábado noche con sabor a whisky barato y el asiento trasero de un Fairlane como el centro del universo. Una cuestión de orgullo, también de supervivencia. Al fin y al cabo pocos artistas hicieron tanto por incrementar la natalidad de la población como él. A su lado Mick Jagger, tan inocente, parecía Sor Ye-ye.

El padrino del soul era negro, era excitante y era peligroso. Un mal novio para las hijas. Además tenía un talento musical inmenso. Empezó transformando el gospel en un grito y terminó descubriendo que el ritmo lo era todo. La música tenía que ser una máquina perfectamente engrasada, una ametralladora que no diera respiro al enemigo. La intensidad, el baile, el frenesí, de eso se trataba: volver a África y sentirse orgulloso. Ahí estaba el truco. Sólo él sabía cómo conseguirlo, sólo él sabía chillar así. Se rodeó de músicos superdotados como Pee Wee Ellis, Maceo Parker o Catfish Collins y convirtió sus directos en experiencias irrepetibles, en peleas cuyo vencedor sólo podía ser uno. La palabra era respeto.

Desde los lamentos nocturnos de “Try me” hasta la nerviosa descarga de “Sex Machine” el señor dinamita estableció las bases de la música negra contemporánea: el funk y el hip-hop no habrían sido los mismos sin su magisterio. Y sobre todo habrían sido bastante más aburridos. Incluso el rock tiene cuentas pendientes con él. Que les pregunten a Iggy Pop o Jon Spencer.

Su carrera fue perdiendo fuerza durante los ochenta, aunque a veces se descandenara de nuevo el huracán, como el tremendo concierto que ofreció en Studio 54. Pese a que el cine volvió a concederle un rato de popularidad, pese a que las nuevas generaciones lo samplearon una y otra vez, su tiempo había pasado. Un nombre para dar lustre a festivales de música que echaban mano de la nostalgia, una leyenda cada vez más lejana, más apagada.

Sus últimos años fueron un desfile de extravagantes problemas con la justicia. Los medios sólo se acordaban de él para sacarlo en las noticias de sucesos. Pero continuaba cantando, era su trabajo, no sabía hacer otra cosa. Sus actuaciones resultaban tan correctas como adocenadas. Se movía como un acorazado de bolsillo y su voz había adelgazado. Daba igual. Todavía confiaba en su desmesura, en su voluntad, en una banda de músicos preparada para no fallarle. No pensaba cambiar. Se resistía, llevaba la cabeza bien alta. Sigue así, nena, I feel fine, like sugar and spice.

No es raro que llegasemos a la conclusión de que era imposible silenciarlo, nada podía con él. Y por un instante casi nos lo tragamos. Habíamos olvidado que un día también los huracanes callan: es así como mueren.


Shades of Gray

Octubre 27, 2006

 

 

Sandy West (1959-2006)Shades of gray don’t fade away
They’re waitin’ for the night
Goin’ out is what we’re about
We’re waitin’ for the night