En realidad se llamaba Vladimir Palaniuk y muy pocos actores sabían hacer de malvado como él. Su mirada repartía hostias. No fue casualidad que interpretara a Drácula, Atila o Fidel Castro. Trabajó con Sirk, Godard, Isasi-Isasmendi, Corbucci, Burton. Estuvo en el final de fiesta del viejo Hollywood y recorrió los desiertos de pólvora de Almería. En su juventud se subió a un ring y se estrelló con un B-24. Ganó un Oscar riéndose de sí mismo: en la ceremonia se puso a hacer flexiones con una sola mano y el pánfilo de Billy Crystal pasó miedo. Al parecer también escribía poemas. Fue un buen amigo de Lee Marvin y como no podía ser menos murió en un rancho. Indudablemente Jack Palance no era uno de los grandes: “most of the stuff I do is garbage”, dijo. Malos papeles, directores torpes, guiones tartamudos, películas alimenticias. Sin embargo su presencia en la pantalla era como encontrarse un escorpión en una bañera vacía. Esperemos que ahora por fin Jack Wilson le pueda dar al baboso de Shane su merecido.
Muerte de un (Falso) Malvado
Noviembre 14, 2006Fantasmas Bailando
Octubre 26, 2006A primera vista El carnaval de las almas es una película poco atractiva, incluso vulgar. La realización de Hark Harvey se antoja por lo general brusca y apática, el guión resulta tan idiota que da la sensación de haber sido rescatado en el último momento de la papelera y los actores no profesionales dejan bastante claro que probablemente lo seguirán siendo durante muchos años. La escasa hora y media que dura la película nos parece un tiempo excesivo. Un subproducto bochornoso de la Serie B, material de relleno para las madrugadas televisivas, para los ciclos de cine que rebuscan con inocente optimismo en el vertedero fílmico. Lo habitual. Sin embargo El carnaval de las almas es también una película magnética, fascinante. De hecho hay momentos en que pasa por ser espléndida. Aunque su comienzo in media res asuste, en el peor de los sentidos posibles: tres chicas que viajan en coche son retadas por unos chicos que viajan en otro a echar una carrera. El resultado del rudimentario cortejo finaliza cuando el coche de las chicas cae desde un puente a un río. Se trata, es evidente, de un típico accidente hormonal. Y de repente lo que prometía ser una película para adolescentes tarados se convierte en otra película muy distinta. El bostezo da paso al interés sincero, abrimos los ojos con asombro. Un milagro. Mientras aparecen los títulos de crédito, la cámara se demora en la corriente del río, en las ramas que se acumulan en sus orillas, en un banco de arena que se ha formado bajo uno de los pilares del puente. La música de órgano que acompaña a la secuencia es tétrica, densa. Algo inquietante está ocurriendo en el fondo del agua. Harvey nos ha enganchado, ha mostrado todas sus cartas en apenas unos segundos. Ya no nos queda más remedio que seguir viendo la película. Porque está claro que en ella, dado su carácter de relato tradicional, habita un misterio. Y un misterio –no debe olvidarse- siempre esconde una promesa.
Pese a todo, lo que ocurre después sigue siendo tan apasionante y tan arrebatador como una lectura a medianoche del censo de Manchester. Llega la policía y surgen de ninguna parte los desocupados de rigor para echar un vistazo y de paso para echar también la tarde. Aparentemente las chicas han muerto en la caída, ni siquiera se alcanza a distinguir su coche, hundido en el río. Los chicos demuestran que son unos golfos y aseguran que no tienen nada que ver con lo que ha pasado. Sorpresa: una de las chicas emerge del río por su propio pie, conmocionada. Nadie puede creérselo, debería estar muerta. Mary, así se llama la resucitada, tarda una prodigiosa semana en recuperarse del accidente y decide marcharse a trabajar como organista a una pequeña iglesia de Utah. No se sabe si Mary tiene familia, si tiene más amigos aparte de las dos chicas que han muerto en el accidente. Es y será un personaje sin definir. No llegará a tomar decisión alguna, se abandonará, como si fuera una de aquellas mártires sobre las que escribió John Foxe. La poca empatía que tenemos con ella se debe al punto de vista que asume Harvey: vemos lo mismo que ve ella durante casi toda la película. La siguiente secuencia presenta a Mary en su coche, conduciendo de noche y con aspecto de estar huyendo de algo, tal vez de sí misma. Es imposible no recordar a otra rubia nerviosa, la Janet Leigh de Psicosis. Pero cualquier semejanza se olvida cuando de pronto asoma, subrayado de nuevo por la aciaga música de órgano, un siniestro rostro por la ventanilla del copiloto. Tiene la tez blanquecina, los ojos hinchados. O es un fan de The Cure que regresa tarde a casa o es un fantasma. En realidad es el propio Harvey, interpretando un papel sin acreditar. Mary se asusta, vuelve a mirar hacia la ventanilla para descubrir que el rostro ha desparecido y a los lejos divisa, entre las sombras de la noche, un edificio. Inmediatamente se siente atraída hacia él, es consciente de que más tarde o más temprano tendrá que ir hasta allí. Intuye que la resolución del misterio se encuentra en su interior. Definitivamente atrapados, pensamos lo mismo que Mary y nos frotamos las manos.
A partir de ese momento la trama deja de existir, si es que en algún momento lo ha hecho. No importa lo que se cuenta porque no se cuenta nada. El guión trata de hacer un esfuerzo y se dedica a rellenar buena parte de los minutos posteriores con toda la morralla posible. A veces trata de ser ingenioso y se queda en soporífero. No obstante lo entendemos. Sólo puede ser así, qué remedio. Esa falta de pudor para armar una trama medianamente interesante es la que le da a la película uno de sus principales valores, quizá involuntario: el de retratar con un registro realista, en un sobrio blanco y negro, un mundo vacío en el que por encima de cualquier otra cosa prima el sentido del absurdo. Todo está fuera de lugar, lo que se dice carece de interés, la mayoría de lo que sucede no tiene importancia. En cierto sentido, y obviando la curiosa influencia de James, recuerda a algunas obras de Pinter. Por ejemplo los lugares que Mary frecuenta en su peculiar periplo como organista más o menos desquiciada son lugares huecos. En ellos predomina el color blanco, no son más que una extensión de ese desierto que ha atravesado en su coche. Ese vacío, apoyado en la intrascendencia de la trama, permite que tengamos la impresión, según van transcurriendo los minutos, de estar asistiendo a una situación que ha empezado mucho antes o que sencillamente ha terminado mucho antes. De inmediato la película deja ser de una vez por todas el tostón que podría haber sido y se convierte en un gozoso ejercicio de estilo en el que lo que importa no es la solución sino el problema. O por decirlo mejor: es un puzzle en blanco.
Tras su llegada a una ciudad de Utah, Mary comenzará a habitar, en un encantador in crescendo, la desdibujada frontera que separa el mundo de los muertos del mundo de los vivos. Cómo no: el primero es negro y el segundo es blanco. El contraste nos obliga a pensar que ambos son demasiado parecidos. La construcción que tanto le atrae, llena de sombras, de rincones en los que se oculta una amenaza, es visitada rápidamente por Mary, tras demostrar que está capacitada para tocar el órgano en una iglesia a la que no parece ir nadie y en la que para animar un poco el ambiente tiene otra visión. El edificio se alza así como la verdadera pièce de résistance de la película. Se trata de un parque de atracciones abandonado –en concreto es el Salt Lake Pavillion, hoy desaparecido-, en las orillas de un lago desecado. Entonces presumimos que quizá el agua del río en el que mueren las chicas sea el agua que le falta al lago. En cualquier caso el edificio es un sitio hermosamente siniestro y gótico, cuya arquitectura es de por sí malvada, como diría Chesterton. Gracias a unos sutiles detalles, tan imaginativos como a la postre desconcertantes, advertimos que el lugar no está del todo vacío, a diferencia de los otros lugares que visita Mary. Estos son los mejores momentos de Harvey, los que empujan a la película para que se eleve hasta una altura que en principio era impensable. Las imágenes con las que narra el recorrido de Mary por el desolado parque de atracciones están imbuidas de una peculiar poesía que recuerda al mejor Tourneur. Algunas tienen esa calidad espectral, de un mundo demasiado remoto como para poder comprenderlo, que tenían los dieciocho fotogramas por segundo del cine mudo. Pero a Mary lamentablemente le sirve de poco esa visita. Para nuestra felicidad, las apariciones se repiten cada vez con más insistencia y la protagonista cada vez parece estar más y más atormentada. Mary está perdida, ya nadie puede ayudarla. Harvey, en otro alarde de belleza, muestra en cada aparición los rostros de los muertos, los enseña bailando, caminando por el desierto, emergiendo del agua del lago. Y lo hace con naturalidad, sin que su presencia chirríe. Los introduce en el mismo mundo que transitan los vivos, surgiendo por sorpresa en el pasillo de una casa o en mitad de una iglesia, en cualquier sitio donde antes no estaban. Un idea de la que por lo visto David Lynch tomaría años más tarde buena nota.
Mary conoce en la ciudad a otros personajes, tan planos y tan invisibles como lo es ella. En definitiva se hallan igual de aislados. Ellos también están solos y también son interpretados por actores deleznables. Una casera que ofrece indicios de andar un poco trastornada, un vecino de habitación obsesionado con echarle un polvo a Mary y un cura con pinta de catatónico. Asimismo hay un psicólogo de cliché, con gafas de pasta negra, que surge repentinamente en un parque y que al menos tiene la decencia de asegurar que no es freudiano, lo cual es de agradecer, entre tanta majadería. Ninguno puede ayudar a Mary, ni la religión ni la ciencia. Todos de alguna u otra manera la rechazan, la empujan. El cura la echa del trabajo tras escuchar cómo toca el órgano de forma indecorosa –una secuencia intensa y vagamente erótica-, la casera la expulsa de su habitación, el vecino salido pasa de ella al percatarse de que es una chica con problemas y el psicólogo habla y habla sin decir nada, sólo para mantenerse hablando. Por eso Mary va sintiéndose poco a poco más alejada del mundo de los vivos, los muertos cada vez están más cerca de ella. Y hasta tal punto es así que hay momentos en los que no puede oír nada y en los que es invisible para el resto de la gente, por ejemplo en un centro comercial. Harvey demuestra tener un gran talento para montar una secuencia sin apenas sonido, a plena luz del día: el horror del silencio, el horror de la luz. Por su parte, la actriz que interpreta a Mary ayuda a crear esa sensación, perfectamente resuelta en el último tramo de la película, de angustia, de geometría violentada. Candance Hilligoss dispone de una gama interpretativa que no sabe de matices, oscila de un extremo del espectro al otro: o pone cara de imbécil o pone cara de histérica. En ocasiones ambas a la vez: sin duda es cuando mejor nos cae, cuando nos damos cuenta de lo humana que es y por lo tanto de lo mal que lo está pasando su personaje. Ni siquiera su supuesto atractivo, una aséptica mezcla entre azafata de la Pan Am y modelo de catálogo de ortopedia de los cincuenta, consigue que su presencia sea reseñable. Tampoco la consabida secuencia de erotismo perezoso en la que muestra parcialmente sus encantos ayuda demasiado. Da igual. Es perfecta para su papel, el de tonta atormentada. Una interpretación vacía para un personaje también vacío. Y lo mismo se puede decir del resto del elenco. Una estupenda catástofre.
Finalmente, tras una imposible huida de las visiones por las calles de la ciudad, aprovechada por Harvey para ponerse rumboso gracias a una planificación que bordea a sabiendas el ridículo más imperdonable, Mary regresa al edificio. Es la última visita, la última pieza del enigma. Ya no saldrá de allí, ha vuelto al sitio que le corresponde. El misterio se resuelve en un final –muy bien rodado- que desde luego es previsible pero que también es insólitamente lógico, como si fuera la inevitable consumación de una broma pesada. El problema de las promesas es que rara vez son ciertas. Siempre están por debajo de las expectativas. Harvey da a entender con ese desenlace que la existencia es sobre todo soledad y que sobre todo es un simulacro fracasado: no tenemos noticia de fuerza alguna que pueda contrarrestar la fuerza de la muerte. El abandono de Mary tiene mucho que ver con la resignación, con la aceptación de que ya no está viva. No en vano todos los personajes de la película están más muertos que vivos. Ninguno alcanza lo que desea y sus anhelos por lo tanto son absurdos. En mayor o menor medida todos están de paso, de ahí ese vacío que los define. Por raro que suene, los muertos, bailarines y juguetones, están más vivos que ellos. El talento de Harvey estriba en montar esta superficial –si bien eficaz- metáfora de la existencia con un guión vergonzoso y con unos actores que cada dos por tres miran a cámara para asegurarse de que los están enfocando. Tal vez lo consigue porque deja el discurso metafísico de lado hasta el final, cuando cobra sentido. Tampoco Harvey está libre de pecado. A veces se pierde, se desentiende de la narración, no tiene nervio, la continuidad es lamentable. Aun así la película termina siendo más profunda –tampoco mucho- que las paridas new age de Night Shamalayan, por poner un reconocido ejemplo reciente. Su desolada conclusión -la vida como un trayecto absurdo cuyo destino no deseado sólo puede ser uno- se imbrica perfectamente con su acabado descuidado, tosco, en contados instantes poético y misterioso. También con el ejercicio de estilo por el que Harvey, consciente de las limitaciones que debe afrontar, acaba decantándose. Su decisión sirve para que ambos curiosamente se equilibren y hagan olvidar, integrándolo en la consecución de sus objetivos, el desastre que en líneas generales es la producción. No cabe duda de que agradecemos su esfuerzo y respiramos aliviados. Todo parece encajar, Harvey ha cumplido. Su película es un ajustado ejemplo -por otra parte modernísimo- de que los defectos se pueden convertir, gracias a una original coherencia, en virtudes. Por una vez la manoseada frase es cierta: un clásico de la Serie B y del cine de terror. Con todo lo que eso significa. Para bien y para mal.

Escrito por Manley Halliday 
Escrito por Manley Halliday