Es Nuestra Única Riqueza

Abril 25, 2007

Los Restos del Viejo Newark

Patrimonio, comenzado en 1988 y publicado tres años más tarde, es un libro escrito contra la muerte. En él Philip Roth asiste al humillante aniquilamiento de su padre, a la imparable degradación de su cuerpo y su dignidad por culpa de un tumor cerebral. No hay preguntas en su mirada, tampoco respuestas, sólo una queja constante e inútil. Para un materialista como él, Dios no existe, así que no hay consuelo posible en el final de la vida. La muerte aparece como una estafa inevitable, como una partida de póker con las cartas marcadas que, por si no fuera suficiente, se pone peor, con más pérdidas y menos probabilidades de ganar, según se acerca el final. De hecho el libro, traducido por Ramón Buenaventura, opta por la postura más honesta de todas, la única coherente, la que deja clara su sinceridad, su voluntad de dar testimonio: la narración siempre se focaliza en su autor y al mismo tiempo protagonista, sin entrar a valorar en momento alguno, pues habría resultado tan falso como nauseabundo, qué podía o no sentir su padre durante la enfermedad. Por eso desde el comienzo Roth trata de esquivar los juegos de la ficción, algo relevante en un autor que ha hecho de los límites entre aquella y la realidad uno de los pilares de su obra, y se empeña en ofrecer al lector sólo lo que él contempló -y sobre todo lo que pensó- durante los largos meses que duró el declive de su padre:

“Estar a solas también me permitía experimentar a fondo mis sentimientos, sin tener que parapetarme tras una apariencia de virilidad, de madurez o de filosofía. Así, cuando me apetecía llorar lloraba, y nunca me vinieron más ganas de hacerlo que en el momento de extraer del sobra las imágenes del cerebro de mi padre; y no porque supiera identificar fácilmente el tumor que lo invadía, sino sencillamente porque era su cerebro, el cerebro de mi padre, el que lo llevaba a pensar de modo franco y abierto en que pensaba, a hablar con la energía que hablaba, a tomar decisiones del modo impulsivo en que las tomaba.”

Ese abandono de lo ficticio, quizá nacido de la única forma posible de encarar el oficio de narrador, esto es, planteándose cada libro como un reto y no como parte de un plan de marketing literario, logra que Patrimonio evite desde sus primeras líneas caer en sentimentalismos de pega, en concesiones baratas cuyo objetivo es sólo engatusar al lector más despistado. En esos años Roth era ya un escritor maduro, consciente de sus técnicas –otra manera de llamar a las limitaciones- y del uso que por lo tanto podía darles a la hora de escribir algo así. Sabía lo que necesitaba una historia como esta. En este sentido resulta admirable cómo, sin variar su estilo habitual, sin abandonar ese interés por la construcción del relato mediante digresiones o por desarrollar una prosa que avanza con la solidez de un portaviones atravesando el océano, consigue describir con una sencillez asombrosa, plena de emoción, no sólo la progresiva y dolorosa desaparición de su padre sino algo mucho más importante: la relación que tenía con él. El libro cobra un valor que sobrepasa al del homenaje, pues Roth, en su empeño por escapar de la cursilería y profundizar en la realidad, no se dedica a celebrar línea tras línea la figura de su padre -algo que por lo demás hasta el más lerdo sería capaz de escribir- sino a intentar hacerla suya desde la lejanía del hijo, a observarla desde un pensamiento exprimido hasta el límite, a contar lo que en verdad está pasando: un ser humano a punto de morir. De ahí que, eludiendo el tono quejica, Roth no escatime a lo largo de Patrimonio sus dudas, sus desagrados con respecto a ciertas actitudes y comportamientos de su padre -un cascarrabias incansable-, e incluso expresando en voz alta, sin disimulos, todas esas pequeñas y mugrientas miserias que le asaltan a él mismo y que tal vez no son otra cosa que un trinchera para poder protegerse de la muerte:

“Pero, ahora que su muerte ya no era una posibilidad remota, ni mucho menos, oírle decir que había seguido adelante y que, apoyándose en mi propia petición, prácticamente me había eliminado de su herencia, había provocado en mí una reacción inesperada: me sentí repudiado, y el hecho de que mi eliminación del testamento fuera una decisión mía no contribuía en nada a suprimirme la sensación de haber sido apartado de su seno.”

Por todo ello Patrimonio es el libro que transforma para bien, para mejor, toda la posterior obra de ficción de Roth: la realidad penetra definitivamente en ella para quedarse. A partir de ese momento su literatura se elevará desde la anécdota privada hasta la anécdota humana, alcanzando una altura, ese vaivén entre la historia colectiva y la historia individual, a la que sólo los elegidos llegan. Puede que sus últimas novelas, en especial la trilogía americana, se encuentren más cerca, al menos en sus planteamientos, de primeras novelas suyas, como la jamesiana Letting Go, que de otras más cercanas, como la muy postmoderna The Counterlife, si bien tendremos que esperar a Exit Ghost –el anunciado final de Zuckermann: recordemos que los fantasmas no existen- para ver si abandona ese mundo metaliterario, por lo demás apasionante pero sin duda alguna más limitado, que ha definido la mitad de su trayectoria. Sin embargo sería un error pensar que Patrimonio es sólo una estación de tránsito entre un buen escritor y un escritor absoluto. Todo lo contrario. Patrimonio es un libro inmenso, realmente conmovedor, escrito sin piel, sin guiños para la afición, interesado tan sólo en lo esencial. Por ejemplo las partes en que el padre se caga encima y trata inútilmente de limpiarse la mierda, o en que Roth se despide por última vez de él, demuestran que nos hallamos ante algo más que una narración, de la misma forma que al terminar La muerte de Iván Ilich intuíamos que John Donne tenía razón:

“Le pedí al médico que me dejara solo con mi padre, o tan solo como pudiéramos quedarnos en el ajetreo de una sala de urgencias. Mientras lo miraba esforzarse en seguir viviendo, traté de concentrarme en los daños que el tumor ya le había hecho. No era difícil, porque ahí, en la camilla, era como si acabaran de traerlo de una pelea a cien asaltos con Joe Louis. Pensé en los padecimientos que aún le quedarían por pasar, suponiendo que la respiración asistida lograse mantenerlo vivo. Lo vi todo, pero seguí ahí sentado, durante muy largo rato, hasta que me incliné para acercarme a él cuando pude y, con los labios muy cerca de su hundido rostro en ruinas, alcancé finalmente a decirle:

-Voy a tener que dejar irte, papá.”

Bien, lo diremos: Patrimonio es la primera lección, al menos la primera llena de sabiduría, de un maestro de la literatura que desvela, sin lloriqueos y sin reproches, sabiendo que a la hora de la muerte ya no hay nada que exigir a un padre, cuáles fueron las virtudes y las flaquezas, los aciertos y los errores de un empleado judío de seguros, tenaz e intransigente, también cariñoso y atento, que pasó casi toda su vida en Newark. Contar en este libro, en apenas doscientas páginas, quién fue un tal Hermann Roth para su hijo pequeño y lo que sintió durante los últimos meses que compartió con él, asumiendo finalmente que su presencia jamás desaparecerá, es tal vez el mejor elogio posible hacia un hombre, quizá hacia todos los hombres. Al fin y al cabo, como sucede con el desgastado cuenco de barbero que en la familia Roth pasa de generación en generación, ese es nuestro único patrimonio:

“No hay que olvidar nada.”


God Bless You, Mr. Vonnegut

Abril 12, 2007


Kurt Vonnegut (1922-2007)

All time is all time. It does not change. It does not lend itself to warnings or explanations. It simply is. Take it moment by moment, and you will find that we are all, as I’ve said before, bugs in amber.

&

I think that novels that leave out technology misrepresent life as badly as Victorians misrepresented life by leaving out sex.


Goodbye, Mr. Dynamite

Diciembre 25, 2006

James Brown nos engañó. Nunca creímos que los huracanes pudieran morir. Sus directos, especialmente los que grabó en el hoy decrépito Apollo durante 1963 y 1968, dejaban claro que el hombre más trabajador de la industria del espectáculo era capaz de subirse a un escenario y follarse a todo el público en apenas una hora. Sexo sucio, desgarrador: sábado noche con sabor a whisky barato y el asiento trasero de un Fairlane como el centro del universo. Una cuestión de orgullo, también de supervivencia. Al fin y al cabo pocos artistas hicieron tanto por incrementar la natalidad de la población como él. A su lado Mick Jagger, tan inocente, parecía Sor Ye-ye.

El padrino del soul era negro, era excitante y era peligroso. Un mal novio para las hijas. Además tenía un talento musical inmenso. Empezó transformando el gospel en un grito y terminó descubriendo que el ritmo lo era todo. La música tenía que ser una máquina perfectamente engrasada, una ametralladora que no diera respiro al enemigo. La intensidad, el baile, el frenesí, de eso se trataba: volver a África y sentirse orgulloso. Ahí estaba el truco. Sólo él sabía cómo conseguirlo, sólo él sabía chillar así. Se rodeó de músicos superdotados como Pee Wee Ellis, Maceo Parker o Catfish Collins y convirtió sus directos en experiencias irrepetibles, en peleas cuyo vencedor sólo podía ser uno. La palabra era respeto.

Desde los lamentos nocturnos de “Try me” hasta la nerviosa descarga de “Sex Machine” el señor dinamita estableció las bases de la música negra contemporánea: el funk y el hip-hop no habrían sido los mismos sin su magisterio. Y sobre todo habrían sido bastante más aburridos. Incluso el rock tiene cuentas pendientes con él. Que les pregunten a Iggy Pop o Jon Spencer.

Su carrera fue perdiendo fuerza durante los ochenta, aunque a veces se descandenara de nuevo el huracán, como el tremendo concierto que ofreció en Studio 54. Pese a que el cine volvió a concederle un rato de popularidad, pese a que las nuevas generaciones lo samplearon una y otra vez, su tiempo había pasado. Un nombre para dar lustre a festivales de música que echaban mano de la nostalgia, una leyenda cada vez más lejana, más apagada.

Sus últimos años fueron un desfile de extravagantes problemas con la justicia. Los medios sólo se acordaban de él para sacarlo en las noticias de sucesos. Pero continuaba cantando, era su trabajo, no sabía hacer otra cosa. Sus actuaciones resultaban tan correctas como adocenadas. Se movía como un acorazado de bolsillo y su voz había adelgazado. Daba igual. Todavía confiaba en su desmesura, en su voluntad, en una banda de músicos preparada para no fallarle. No pensaba cambiar. Se resistía, llevaba la cabeza bien alta. Sigue así, nena, I feel fine, like sugar and spice.

No es raro que llegasemos a la conclusión de que era imposible silenciarlo, nada podía con él. Y por un instante casi nos lo tragamos. Habíamos olvidado que un día también los huracanes callan: es así como mueren.


Muerte de un (Falso) Malvado

Noviembre 14, 2006

Jack Palance (1919-2006)


En realidad se llamaba Vladimir Palaniuk y muy pocos actores sabían hacer de malvado como él. Su mirada repartía hostias. No fue casualidad que interpretara a Drácula, Atila o Fidel Castro. Trabajó con Sirk, Godard, Isasi-Isasmendi, Corbucci, Burton. Estuvo en el final de fiesta del viejo Hollywood y recorrió los desiertos de pólvora de Almería. En su juventud se subió a un ring y se estrelló con un B-24. Ganó un Oscar riéndose de sí mismo: en la ceremonia se puso a hacer flexiones con una sola mano y el pánfilo de Billy Crystal pasó miedo. Al parecer también escribía poemas. Fue un buen amigo de Lee Marvin y como no podía ser menos murió en un rancho. Indudablemente Jack Palance no era uno de los grandes: “most of the stuff I do is garbage”, dijo. Malos papeles, directores torpes, guiones tartamudos, películas alimenticias. Sin embargo su presencia en la pantalla era como encontrarse un escorpión en una bañera vacía. Esperemos que ahora por fin Jack Wilson le pueda dar al baboso de Shane su merecido.


Shades of Gray

Octubre 27, 2006

 

 

Sandy West (1959-2006)Shades of gray don’t fade away
They’re waitin’ for the night
Goin’ out is what we’re about
We’re waitin’ for the night