La Sobriedad del Apicultor

Hay autores que asumen desde el primer momento cuál va a ser el mundo en el que se va a desenvolver su obra. Es difícil que a partir de entonces se salgan de él, se sienten cómodos, han dado con una veta, quizá son conscientes de que una vez que se acota el terreno y se plantan los instrumentos de medición sólo hay que ir excavando pacientemente para ahondar cada vez más en el misterio: no tienen prisa. Es lo que le ocurre a James Salter. Su narrativa, reducida a unos pocos libros cuya lectura ocuparía a lo sumo un par de días, apenas ha cambiado desde su primera novela, la excepcional y hermosa Pilotos de caza (1956). Su estilo, milimétrico y ajustado, de una precisa meticulosidad, se ha centrado en unos personajes rotos, indefensos, presos de una memoria que no los deja avanzar por el mundo y en la que se acaban refugiando para hallar algún destello de luz, de la claridad del pasado, de aquello que les hizo ser lo que son hoy: los herederos de un ausencia. Para ellos el presente es por lo general un país extranjero en el que viven desorientados, sin conocer el idioma o las costumbres, han acertado y se han equivocado, han hecho daño y han sido heridos. Y todos, esto es lo más importante, han tenido sus razones, sus motivos, como en las películas de Renoir. No hay héroes, tampoco villanos. En su más reciente libro de cuentos, La última noche, con traducción de Luis Murillo Font, Salter, deudor de James o Hemingway, ofrece alguno de los mejores relatos de la narrativa estadounidense actual. Sin ir más lejos el que da título al volumen es una obra maestra, rematada gracias a dos revelaciones que encajan en el relato con la suavidad de una media de nylon, una pieza indudablemente destinada a las antologías, a que los estudiosos de la literatura dejen de hacer el vago y se ganen el sueldo. La economía de medios que demuestra en unas pocas páginas sólo está al alcance de los grandes, de aquellos que han alcanzado un clasicismo absoluto. La eutanasia sirve a Salter, alejado de la babosería de hipermercado de Amenábar o de la escueta desolación de Eastwood, para contar cómo el fracaso y la traición son a veces lo mismo y cómo la crueldad puede convivir junto a la ternura. Todo eso mientras la muerte se pasea cerca, siempre demasiado cerca: es la vida, idiotas, parece estar gritando en cada línea. Salter no se compadece de sus personajes, no es de esos escritores que aseguran amarlos para no tener que confesar que sobre todo se aman a sí mismos. Simplemente hace lo más difícil: intentar comprenderlos. Por suerte para nuestros cerebros no trata de encontrar alguna parida psicológica -freudiana, a ser posible- que nos deje contentos, sabe que no hay explicaciones sencillas, no hay manuales que expliquen paso a paso por qué nos comportamos cómo nos comportamos y por qué un día cualquiera acabamos tomando las decisiones que tomamos:

“Se vieron dos o tres veces con posterioridad, pero no sirvió de nada. Lo que sea que une a las personas había desaparecido. Ella le dijo que no podía evitarlo. Que las cosas eran así.”

En el relato que abre el libro, titulado “Cometa”, una pareja ve cómo su relación salta por los aires durante una cena con amigos. Basta un comentario sobre algo que los demás no sabían, una simple frase -colmada de veneno- que abre una puerta para contemplar la oscuridad de ese sótano donde se guarda aquello que no queremos contar porque nos pertenece, porque a nadie más le importa. Es la ruptura de un pacto implícito cuyas consecuencias son imprevisibles. La situación, por otro lado típicamente cheeveriana, es presentada por Salter a través del punto de vista de ambos personajes, alternándolos a lo largo de la narración: un recurso técnico relativamente sencillo en el que sin embargo es fácil desequilibrar la balanza a favor de uno u otro personaje, de cobrar afectos que casi siempre acaban convirtiendo la trama en una justificación. Salter calibra las herramientas sabiamente, y a partir de una anécdota narra todo el desencanto vital de dos personas que quizá han acabado juntas para no quedarse solas, alimentando en su interior, en ese lugar que Larkin definió como “Monkey-brown, fish-grey, a string of infected circles / loitering like bullies, about to coagulate”, el recuerdo de la ocasiones perdidas, el rencor de los deseos insatisfechos. La pareja no es la que falla, la relación no puede ser otra, a esas alturas no es posible, las opciones se han consumido y ha quedado la amargura. Son ellos, cada uno por su lado, encerrados en sus respectivos pasados, los que han sido incapaces de superar un tiempo que no los abandona:

“Cuando él se durmió, ella vio una película. Las estrellas de cine también envejecían, también tenían problemas con el amor. Pero era diferente: ya habían obtenido grandes recompensas. Siguió mirando, pensativa. Pensó en lo que había sido, en lo que había tenido. Podría haber sido una estrella. Qué sabía Phil: estaba dormido.”

El resto de los cuentos sigue por esa línea, por lo general con acierto. Desde esa chica que, en “Cuánta diversión”, contempla a sus amigas hablar de aquello que parece intrascendente o estúpido -hasta que está a punto de desaparecer- mientras sabe que su propio futuro ya es sólo uno, tal vez un taxi que recorre la noche anónima de una ciudad. O ese hombre que debe renunciar al amor para salvaguardar la hipocresía familiar y que debe traicionarse para al mismo tiempo permitir una traición consensuada, en “Platino”. O esa mujer que, en “Los ojos de las estrellas”, debe quedarse en casa una noche para que una actriz intente en vano retrasar su envejecimiento, su declive, para no convertirse también en aquella otra mujer que al final no irá a cenar y que, en su apartamento, sólo tendrá el consuelo del recuerdo:

“Sus años de casada, visto desde el presente, habían sido buenos. Myron Hirsch le había dejado dinero más que suficiente para arreglárselas, y el éxito que había cosechado después había sido como la guinda del pastel. Para ser una mujer con poco talento, -¿era verdad eso?; tal vez estaba siendo demasiado crítica consigo misma- las cosas le habían ido bastante bien. Estaba acordándose de cómo empezó todo. Recordó las botellas de cerveza rodando por el suelo de la parte trasera del coche cuando tenía quince años y él le hacía el amor todas las mañanas y ella no sabía si estaba iniciando la vida o tirándola por la ventana, pero lo amaba y nunca olvidaría.”

A Salter, un sobrio maestro de las técnicas de su profesión y un perfecto ejemplo de que el exhibicionismo en literatura suele ser el más pobre de los recursos, le bastan unos detalles, como unos pendientes o un perro, para contar todo el desencanto de una vida, siguiendo esa máxima no escrita de Chejov que adoptarían Yates o Carver. A veces un objeto cambia todo el sentido del cuento, lo enriquece, consigue que el mecanismo fluya, dotándolo de una nueva y profunda mirada. Y lo hace sin ruido, como si sólo pudiera ser expresado así. Por ejemplo la revelación de que el amor llega siempre tarde, a destiempo, cuando la felicidad es solamente el recuerdo de una playa y unas piernas bonitas, cuando un hombre, en “Palm Court”:

“Salió por el mismo vestíbulo de siempre, con su mosaico gastado y la gente entrando. Aún era de día, la luz plena y pura que precede al crepúsculo, al sol reflejado en un millar de ventanas orientadas al parque. Caminando por la calle con tacones altos, solas o en grupo, había chicas como las que Noreen había sido, en gran número. Ellas seguramente no iban a quedar un día para almorzar. Pensó en el amor que había llenado la gran habitación de su vida y en que no volvería a conocer a nadie como ella. No supo qué lo embargaba, pero en medio de la calle se echó a llorar.”

Con este libro Salter, por si quedaba alguna duda, se pone a la altura de los mejores narradores estadounidenses contemporáneos, como Pynchon, Roth o DeLillo. Su obra es de un tono aparentemente menor, menos estridente, pero quizá de todos ellos sea el que más lejos ha llegado. Su concisión narrativa está emparentada con la poesía. Esa desnudez de la prosa, esa constancia en prescindir de lo superfluo que ha demostrado durante toda su carrera, es también un triunfo del estilo. Al acabar de leer estos cuentos nos convencemos de que sólo podrían haber sido escritos de esta manera. No pasa muchas veces. Su testigo lo han recogido escritores como Haslett o Homes, entre otros, cada uno a su manera, con diferente suerte. Se trata de una forma de narrar perfectamente norteamericana, y no faltará quien siga por la brecha que él ha ayudado a profundizar, como el apicultor que ha dedicado toda su vida a cuidar de su colmena, a perfeccionar su oficio hasta quedar satisfecho, hasta reconocer el comportamiento de sus abejas para sacar lo mejor de ellas. Debemos estarle agradecidos por dejarnos contemplar su trabajo, por permitir que nos asomemos a una obra cuyo alcance es universal, extraordinario.

4 comentarios para “La Sobriedad del Apicultor”

  1. MV Dice:

    Muy buena foto! Me ha convencido, sí. Tiene cara de buen escritor.

  2. Vomitaciones desde fuera Dice:

    Eso que dice Montse es una coincidencia muy litúrgica. Tener cara de escritor, de cantaor o de torero es algo que todavía aparece a menudo. Los poetas no suelen tener cara de nada, más bien de pensionistas u hombres en paro que observan una partida de petanca.

    Pero lo que yo quería señalar de este post es lo redondo que te ha quedado. Me ha encantado la reseña. En mí caso has conseguido que me hunda en la historia construida hasta sentirme profundamente seducido.

    Hoy acabo de leer la reseña que hace Rodrigo Fresán en Letras Libres y, oye, por un momentio creí que te fusiló algunas cosas y las incrustó con regular estilo.

    Como casi todas las recomendaciones que me has hecho tomo nota.

    Un abrazo

  3. Manley Halliday Dice:

    No he leído la reseña de Fresán. Letras Libres la frecuento bastante poco. Fresán es un estupendo crítico -se le da mucho mejor que escribir novelas, me parece- pero en cualquier caso si hubiera habido fusilamiento habría sido yo el único culpable, simplemente por el siempre caprichoso orden cronológico. ¿La reseña de Fresán se puede leer en internet? Abrazos.

  4. Vomitaciones desde fuera Dice:

    Aún no han subido los nuevos contenidos de la revista de febrero. En cuanto estén, te aviso.

    Abrazos,

    P.D.- Ayer me compré Pilotos de Caza, editada en El Aleph. No encontré el libro reseñado, seguiré buscando.

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