James Brown nos engañó. Nunca creímos que los huracanes pudieran morir. Sus directos, especialmente los que grabó en el hoy decrépito Apollo durante 1963 y 1968, dejaban claro que el hombre más trabajador de la industria del espectáculo era capaz de subirse a un escenario y follarse a todo el público en apenas una hora. Sexo sucio, desgarrador: sábado noche con sabor a whisky barato y el asiento trasero de un Fairlane como el centro del universo. Una cuestión de orgullo, también de supervivencia. Al fin y al cabo pocos artistas hicieron tanto por incrementar la natalidad de la población como él. A su lado Mick Jagger, tan inocente, parecía Sor Ye-ye.
El padrino del soul era negro, era excitante y era peligroso. Un mal novio para las hijas. Además tenía un talento musical inmenso. Empezó transformando el gospel en un grito y terminó descubriendo que el ritmo lo era todo. La música tenía que ser una máquina perfectamente engrasada, una ametralladora que no diera respiro al enemigo. La intensidad, el baile, el frenesí, de eso se trataba: volver a África y sentirse orgulloso. Ahí estaba el truco. Sólo él sabía cómo conseguirlo, sólo él sabía chillar así. Se rodeó de músicos superdotados como Pee Wee Ellis, Maceo Parker o Catfish Collins y convirtió sus directos en experiencias irrepetibles, en peleas cuyo vencedor sólo podía ser uno. La palabra era respeto.
Desde los lamentos nocturnos de “Try me” hasta la nerviosa descarga de “Sex Machine” el señor dinamita estableció las bases de la música negra contemporánea: el funk y el hip-hop no habrían sido los mismos sin su magisterio. Y sobre todo habrían sido bastante más aburridos. Incluso el rock tiene cuentas pendientes con él. Que les pregunten a Iggy Pop o Jon Spencer.
Su carrera fue perdiendo fuerza durante los ochenta, aunque a veces se descandenara de nuevo el huracán, como el tremendo concierto que ofreció en Studio 54. Pese a que el cine volvió a concederle un rato de popularidad, pese a que las nuevas generaciones lo samplearon una y otra vez, su tiempo había pasado. Un nombre para dar lustre a festivales de música que echaban mano de la nostalgia, una leyenda cada vez más lejana, más apagada.
Sus últimos años fueron un desfile de extravagantes problemas con la justicia. Los medios sólo se acordaban de él para sacarlo en las noticias de sucesos. Pero continuaba cantando, era su trabajo, no sabía hacer otra cosa. Sus actuaciones resultaban tan correctas como adocenadas. Se movía como un acorazado de bolsillo y su voz había adelgazado. Daba igual. Todavía confiaba en su desmesura, en su voluntad, en una banda de músicos preparada para no fallarle. No pensaba cambiar. Se resistía, llevaba la cabeza bien alta. Sigue así, nena, I feel fine, like sugar and spice.
No es raro que llegasemos a la conclusión de que era imposible silenciarlo, nada podía con él. Y por un instante casi nos lo tragamos. Habíamos olvidado que un día también los huracanes callan: es así como mueren.
Escrito por Manley Halliday