En realidad se llamaba Vladimir Palaniuk y muy pocos actores sabían hacer de malvado como él. Su mirada repartía hostias. No fue casualidad que interpretara a Drácula, Atila o Fidel Castro. Trabajó con Sirk, Godard, Isasi-Isasmendi, Corbucci, Burton. Estuvo en el final de fiesta del viejo Hollywood y recorrió los desiertos de pólvora de Almería. En su juventud se subió a un ring y se estrelló con un B-24. Ganó un Oscar riéndose de sí mismo: en la ceremonia se puso a hacer flexiones con una sola mano y el pánfilo de Billy Crystal pasó miedo. Al parecer también escribía poemas. Fue un buen amigo de Lee Marvin y como no podía ser menos murió en un rancho. Indudablemente Jack Palance no era uno de los grandes: “most of the stuff I do is garbage”, dijo. Malos papeles, directores torpes, guiones tartamudos, películas alimenticias. Sin embargo su presencia en la pantalla era como encontrarse un escorpión en una bañera vacía. Esperemos que ahora por fin Jack Wilson le pueda dar al baboso de Shane su merecido.
